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La temporada consagró a Michigan State como campeón (75-64), a como mejor jugador del torneo NCCA y a Bird como mejor jugador del curso, en un año brillantísimo para un equipo de talento y respuestas limitadas que se quedó a las puertas de la gloria.

Larry jamás olvidaría esa derrota (la más dolorosa de su carrera) y cuando en las finales de la del 84 los Celtics ganaron a los Lakers, Bird dedicó el triunfo a Terre Haute.
¿Y luego?

Él no lo recordará, pero yo evoco el momento nítido. Un buen día de finales de los 70 apareció por casa mi primo Pablito. Venía de Nueva York, a dónde había marchado con su amigo Pipe para buscarse la vida. Siempre espléndido y de verbo fácil, mientras nos contaba las bondades y desventuras de la gran ciudad, inició la ceremonia de reparto de regalos. Mi obsequio le pudo parecer nimio, no sé la cara que puse, pero me abrió un nuevo mundo. Enterado de mis primeros encestes en el colegio (Claret, claro), me trajo una revista de norteamericana. La portada me cautivó: dos jugadores noveles, uno blanco y otro negro, posaban sonrientes. Mi primo, avezado consumidor de deporte, se explicaba “Dice la prensa que estos dos tíos van a cambiar la del baloncesto. A uno le auguran el reinado con los más grandes, los Celtics. El otro juega de base con 2,06 metros de estatura, le llaman Magic por las cosas que hace con el balón y comparte equipo en los Lakers con el gran Kareem Abdul Jabbar”. Con 10 años nunca había oído hablar del trío de marras, ni tampoco de un chico jamaicano con tremendo porvenir como center sobre el que también se detenía la publicación, Pat Ewing. Creí que exageraba: un base con la altura de un pivot…, un blanco que dominaría un mundo copado por los negros…, pero no se equivocó.

Fue la primera revista de baloncesto que entró en mi casa. Después vendría mi añorado Nuevo Basket, mis Gigantes, Basket 16, etc. A saber dónde está. Supongo que en alguno de los zafarranchos de limpieza que organizaba a traición mi querida madre, terminaría en el cubo de la basura con algún jersey viejo o unos vaqueros rotos.

Hoy toca zambullirse en los antecedentes y prolegómenos del choque que viró el rumbo de este deporte y que alimentó la más enconada y sana rivalidad, la que devolvió a la militancia a los aficionados, que de meros espectadores ocuparon lugar en las trincheras. A partir de esa final universitaria de 1979 ya nada fue igual. La Profesional vagaba como alma en pena, boqueaba demandando oxígeno entre escándalos de violencia y drogas, las franquicias perdían pasta a espuertas y las finales no se retransmitían en directo por televisión para todo el país. El aterrizaje de dos veinteañeros alumbró un tiempo diferente, único. Entre ambos sólo dejaron escapar dos anillos en la gloriosa década de los ochenta: el de los Sixers del 83 y el de los Pistons del 89. Su legado tiene un valor incalculable para el resurgimiento y la salud de un deporte que se pudría y un negocio con serios visos de echar el cierre. La prensa publicitó a dos personajes más parejos que distintos. Cierto es que uno era alegre y extrovertido, de raza negra y ademanes de showman en Los Ángeles; mientras que el otro, blanco, hermético y taciturno, abandonaba su timidez para convertir canastas, los medios le daban sarpullidos y representaba el clasicismo, la sobriedad y el orgullo de Boston. Inventariaban todos los fundamentos del juego, adivinaban los resortes que levantaban los graderíos y a su divisa ganadora sumaban el arte de seducir. Juntaban alma y brillo. Ahí eran calcos, desde el respeto al reglamento y al contrario, podían morir por una victoria o matar por ella, igual les daba.

Éste es el camino que nos llevó hasta la noche del 26 de marzo de 1979, en el partido más visto de la historia del baloncesto estadounidense (la NBC obtuvo una audiencia del 24,1%).
Indiana

Sobre la íntima relación de Indiana con nuestro deporte suelen lanzarse dos viejas proclamas. La primera, anónima, reza “En 49 estados es sólo baloncesto… Pero esto es Indiana”. La segunda pertenece al mítico Bobby Knight “El baloncesto es posible que se inventara en Springfield, pero se creó para jugarse en Indiana”.

Exactamente 15 años después de que los japoneses atacaran Pearl Harbor el 7 de junio de 1941, en una de las mayores tragedias bélicas de la historia de Estados Unidos, venía al mundo en West Baden Springs. El minúsculo pueblo, apenas distingue sus linderos del anejo French Lick. Ambos pertenecen al condado de Orange County, una de las zonas más pobres del Estado de Indiana. El cuarto de los seis hijos del matrimonio formado por Joe Bird y Georgia Kerns se crió a caballo entre ambas pedanías que incluso comparten instituto. “Yo no sabía que había gente que ganaba millones de dólares. Ignoraba que en el resto del país todas las familias tenían un auto. Estaba en una burbuja entre gente que conocía. Pensaba que viviría allí siempre”. Larry nunca renegó de su lugar en el mundo “Fui muy afortunado porque crecí en un pueblo de menos de dos mil habitantes, en el que teníamos 9 canchas de baloncesto”. La familia vivía con lo justo. Joe, antiguo veterano de Corea, no digirió los desastres de la guerra y a menudo diluía sus fantasmas en alcohol. Saltaba de trabajo en trabajo, mientras sus chicos, con fama de problemáticos, andaban continuamente en líos y pequeñas peleas. Larry pasaba las horas tirando a canasta en una cancha ubicada en mitad del camino que subía a la colina. Sólo había otra cosa que prefería hacer antes que encestar: ir de pesca con su padre.

Amaba el beisbol, pero jugaba al fútbol americano hasta que se fracturó la clavícula. En su segundo año en Springs Valley High School, el entrenador Jim Jones lo acantonó para el basket. Ni siquiera la rotura de un tobillo por tres sitios lo despegó del balón naranja. Su hermano Mark había sido una estrella en el instituto y Larry continuó su camino de la mano del entrenador Jones primero, que alimentaba un concepto multidimensional “existen muchas otras cosas además de anotar”, y su ayudante Gary Holland (más inclinado a un esquema más libre) después. El espectacular último año de Larry, 31 puntos y 21 rebotes de media, atrajo las miradas de los principales reclutadores universitarios. Bird se mostró especialmente ilusionado con la visita del entrenador de Kentucky, Joe B. Hall, pero se llevó un chasco al considerarle “sin salto y demasiado lento”. Las grandes del estado, Purdue e Indiana, pusieron sus ojos en el rubio, pero la que quizá mostró más interés fue Louisville con Denny Crum al frente. La llegada de Bobby Knight y posteriormente de tres de sus jugadores (Kent Benson, Steve Green y John Laskowski), terminaron por decantar al muchacho, que firmó por la victoriosa de Indiana (sus vitrinas actualmente albergan 5 títulos ) donde estudió la leyenda olímpica de la natación (7 medallas de oro en Munich), Mark Spitz.

24 días duró en el inmenso campus de Bloomington, al que llegó con apenas dos mudas y 75 dólares. Desde el principio se notó extraño y supo que aquello no iba a funcionar. Las dimensiones del centro, con más de 33.000 estudiantes, le agobiaron. “En una clase podía meterse la mitad de West Baden”, llegó a afirmar más tarde. Tampoco ayudó el trato dispensado por los veteranos: Kent Benson amargaba la vida a los novatos (Larry bien que se lo hizo pagar en sus enfrentamientos en profesionales) y Scott May y Bobby Wilkerson le humillaron en una pachanga. Mientras, Knight estaba a lo suyo, en “una de mis mayores equivocaciones como entrenador”. Bird tomó su exiguo petate y deshizo las 65 millas de vuelta a su reducido paraíso rural en auto-stop. De todas maneras, la historia no les iría mal a los Hoosiers, pues en 2 años sólo perdieron un partido, obtendrían un título y 6 de sus componentes arribarían a la NBA.
Su madre se tiró un mes sin hablarle y encontró trabajo en la gasolinera y en el servicio de limpieza y recogida de basuras del ayuntamiento. Entrenaba en solitario y se enroló en equipos de ligas menores. Sus padres se habían divorciado y Joe se retrasaba en los pagos de manutención. La policía le avisó y el antiguo combatiente no aguantó más. El 3 de febrero de 1975, llamó a su mujer para decirla que estarían mejor sin él y se suicidó de un tiro en la cabeza. Larry perdió a su mejor amigo, su referencia (jamás olvidaría el día que su progenitor con un tobillo roto se calzó las botas y se fue a trabajar), pero silenció su tristeza: “Me enojé porque pensaba que nos había traicionado al dejarnos cuando las cosas estaban más difíciles… pero él tenía sus razones también; hizo lo que tenía que hacer”.

Los ojeadores (más de 50) regresaron al “Valle” recibiendo el rechazo de los Bird. Fue Bill Hodges, el perseverante ayudante de Bob King en Indiana State, el que finalmente convenció al muchacho y a su prole, con el compromiso ineludible de graduarse. A nadie importó el año que no podría jugar, lo aprovecharía para mejorar los fundamentos individuales y empaparse de los entresijos del juego de equipo.

Al amparo de la estatal rescató sensaciones: “Una vez que empecé a jugar fue lo mismo de siempre”. De natural callado (una vez sacó un 5 en inglés porque no podía dar un paso al frente y dar un discurso a sus compañeros), en la cancha se transformaba: “El basket para mí era algo de lo más fácil. No tenía velocidad, ni agilidad para saltar. Simplemente le ponía coco”. Sus brutales estadísticas los dos primeros años: 25 victorias y 3 derrotas la temporada 1976-77 con 32,8 puntos y 13,3 rebotes, y 23/9 para 30 puntos y 11,5 rebotes la campaña 1977-78, no implicarían la invitación para jugar el torneo final NCAA, habiendo de conformarse con la participación en el NIT, donde caerían frente a Houston (pese a los 44 puntos de Bird) y Rutgers. Nominado All America (tercer equipo en su debut), acaparó focos (Sport Illustrated lo situó en su portada “College basketball´s secret weapon-explosive L.B.” con dos cheerleaders llevándose el dedo a la boca en señal de silencio), fue llamado los veranos para jugar con la selección norteamericana a la Universiada de Sofía (sería el MVP del torneo) en el 77 y los World Invitational Games en el 78 donde compartiría equipo con un jugador que ya siempre le acompañaría en su carrera.

Los “pross” le seguían y fueron los Celtics los que le echaron el lazo eligiéndole en el puesto 6 del draft del 78. El genio Auerbach arriesgó, pues el chico, terco y despreocupado (desconocía las ansías de los de trébol hasta que le comunicaron su elección mientras jugaba al golf), quería cumplir su último año de periplo universitario.
Michigan

En el gris estado industrial del automóvil nació, creció, estudió y se formó Earvin Johnson. Lansing, a hora y media de Detroit, fue testigo de sus iniciales juegos, de sus primeros pases sin mirar. El pequeño Junior se pasaba los ratos inventando partidos, radiándolos para sí mismo. Unas veces atacaba para Philadelphia representando a Wilt Chamberlain y en las siguientes mutaba en el ídolo local Dave Bing (gracias a él los Pistons alcanzaron por vez primera los play-offs). Su padre atendía dos empleos (por la mañana recogía basura en un camión y por la tarde hacía el turno en la General Motors, sin faltar ni llegar tarde un solo día en 30 años), su madre ponía la sonrisa y el orden en una casa de tres habitaciones donde se apilaba el matrimonio con sus 7 hijos.

El pequeño idolatraba a otros tres jugadores: Earl “la Perla” Monroe, de los Knicks, del que se decía que ganaría en el uno contra al mismísimo Jesucristo; Bill Russell, el eterno ganador; y Marques Haynes, aquel mago de los Harlem Globetrotters que pasaba por ser el mejor driblador del mundo.

Nada le impedía acudir a las canchas con sus Chuck Taylor All Star rojas, ni siquiera la nieve (se llevaban palas para quitarla). Si en Main Street decrecía la luz en las puestas de sol veraniegas, imploraban a sus hermanos mayores para que acercaran los autos e iluminaran las pistas con los faros.

En el colegio no pasaba de ser un discreto estudiante. Su maestra en quinto grado, Greta resultó determinante en su formación. Su marido Jim fue su primer entrenador. Cobró mayor fortaleza física y ganó tiró con Louis Brocklaus y Paul Rosekrans y cuando en noveno grado, alcanzando los 1,95 metros de altura, le hizo 48 puntos en sólo 18 minutos a Otto Junior High, su nombre empezó a sonar por todo el estado.

El High School le esperaba, había soñado jugar para los Big Reds en Sexton, a sólo cinco manzanas de su casa. El instituto, predominantemente negro, constituía el orgullo del barrio, con un excelente programa de baloncesto, pero la integración racial implantada en el régimen educativo de la época le llevó a Everett, una escuela blanca del sur de la ciudad, con un equipo de basket, los Vikings, horroroso. Sus hermanos lo habían pasado mal el año anterior. Pero según declararía Earvin “fue una de las mejores cosas que me han sucedido en la vida. Me obligó a salir de mi pequeño mundo y me enseñó a entender a los blancos y a comunicarme y tratar con ellos”. La adaptación no resultó sencilla, los blancos no se relacionaban con los negros (que acostumbraban a ver los partidos de basket todos juntos en uno de los fondos) y a Earvin no le pasaban el balón en los primeros entrenos. El coach George Fox sabía lo que se traía entre manos “le dije a mis amigos que iba a tener a un jugador que les haría olvidar a todos los jugadores que había en el momento, y quizá a todos los que habían visto jamás”, medió con los veteranos y todo cobró normalidad. Se constituyó en un referente para su comunidad “siempre que había problemas raciales, el director buscaba a Earvin para que hablara con los muchachos. Con esas manos grandes los calmaba: tranquilos, tranquilos”, explicaba su entrenador.

En el primer año terminaron los últimos, pero tras la victoria ante Jackson Parkside, con 36 puntos, 18 rebotes y 16 asistencias de Johnson, el periodista Fred Stabley, Jr., del Lansing State Journal se acercó para felicitarle y proponerle un apodo. Descartó “Doctor J” (por Julius Erving) y “Gran E” por Elvin Hayes. ¿Qué te parece Magic? le insinuó. El chaval de 15 años y pelo afro al que le gustaba llamar la atención accedió gustoso “estupendo, como tú quieras”. Diana, había nacido un mito.

En su segundo año en Everett derrotaron en dos ocasiones a Sexton. Magic los tenía tantas ganas que en el segundo choque batió el record de anotación de instituto en Lansing con 54 puntos. Frente a Detroit Northwestern aumentaba su leyenda de hombre orquesta (40 puntos, 35 rebotes y 20 asistencias). En verano acudió a clase para mejorar sus notas y antes de iniciar su tercer año la carretera le dio la peor de las noticias: su amigo y compañero inseparable Reggie Chastine (“La Una y Media” los llamaban por la diferencia de estatura) perdió la vida en un accidente de tráfico. Si en el entierro se presentaron todos con su ropa y zapatillas de juego, en septiembre convinieron honrar la temporada a la memoria de su amigo. Se televisó uno de los partidos ante Eastern High (que tenía a Jay Vincent, amigo y rival de Johnson). A petición de su entrenador, Magic cambió su forma de juego, anotaba menos para involucrar al resto del plantel (que a veces parecían espectadores de primera fila del show del monstruo) y el bloque lo notó para bien. Llegaron a la final del campeonato del estado. El rival, Birmingham Brother Rice; el escenario, el pabellón de la Universidad de Michigan. El partido lo tenían ganado los Vikings cuando una canasta desde medio campo lo llevó a la prórroga. En dos minutos Magic hizo 8 puntos, pero fue eliminado por faltas. Sus compañeros no le defraudarían para adjudicarse el título (62-56). Entre lágrimas, Magic sólo tenía un pensamiento: “¡Lo conseguimos, tío! ¡Lo hicimos por ti!

De la época, Magic guarda especial recuerdo de otros jugadores que le marcaron. Terry Furlow fue uno de los mejores Spartans de su historia y el que lo invitaba a jugar partidillos en Michigan State cuando todavía era un adolescente de instituto. Escogido en la primera ronda del draft por los Sixers en el 76, las drogas dilapidaron su carrera hasta que falleció en un accidente de automóvil recién entrada la siguiente década. Además Magic siempre profesó especial admiración por el “Hombre de hielo”, George Gervin, desde que le viera anotar 70 puntos en un encuentro de exhibición ante otro jugón, Campy Russell. A partir de aquel momento, el máximo anotador de la NBA en 4 ocasiones, compartió entrenamientos y partidos ocasionales con la promesa, pero no tuvo piedad en su primer contacto profesional: le hizo 40 puntos sin romper a su sudar (como habituaba).

Todas las universidades del país pugnaban por el mozo. Carolina del Norte, Michigan, Notre Dame y Maryland parecieron cobrar ventaja. UCLA se autodescartó dejándole como segundo plato. Bobby Knight le causó muy buena impresión, pero no se veía en su equipo de aire marcial. Finalmente la elección quedó reducida a un dúo casero: Michigan y Michigan State. Y fue la estatal, a través del ayudante Vernon Payne que limpió las reticencias de Earvin hacia el entrenador Jud Heahtcote, la que se llevó el gato al agua para alegría de sus conciudadanos. Su anuncio en rueda de prensa “No podía ir a ninguna otra parte. He nacido para jugar con los Spartans”, terminó en bravuconada “Creo que Michigan State puede ganar un campeonato de la NCAA”.

Jud Heathcote era gritón, exigente, perfeccionista y tenaz. Dedicaba horas al desarrollo en la técnica individual de sus discípulos con la minuciosidad de un maquetista. Su fibra ganadora detestaba las excusas. Su vena impaciente pasó por célebre: en cierta ocasión, no aguantó más de 10 minutos en la sala de recogida de equipajes de un aeropuerto, se sentó en la cinta transportadora y se introdujo en el interior del entramado para encontrar las maletas. Al cabo de un rato apareció esposado por dos policías ante la algarabía general. A Magic le otorgó los galones para conducir al equipo: el crecimiento exponencial en la lectura del juego de su pupilo conllevó la mejora de cada uno de sus compañeros. Kentucky (a la postre campeón) cercenó las esperanzas de los Spartans en la Final Regional tras un esperanzador bagaje de 25 victorias y 5 derrotas.
Temporada 1978/79: Los sicamoros

Por ese apelativo, referido al árbol de esa especie, son conocidos los jugadores de Indiana State. Los mismos, que días antes de iniciarse la campaña conocían que el entrenador Bob King sufría un infarto. El aneurisma cerebral posterior requería cirugía urgente en una operación a vida o muerte. King había de decidir quién le sucedería y relegó al candidato natural, Stan Evans (al que había traído dos años antes con la promesa de cederle el puesto una vez cubierto ese período), para señalar a Bill Hodges, sin experiencia como técnico principal y poco talento, pensando en regresar en cuanto estuviese curado. El principal logro que se reconoce el preparador Hodges fue “no desperdiciar a Larry Bird”. Dejarle hacer, vamos.

La transición resultó de lo más suave, sin apenas cambios. La buena capacidad defensiva y la sabia distribución del balón llevaron a Steve Reed al puesto de base titular, en detrimento de Leroy Staley, que partiría desde el banquillo. Carl Nicks era el escolta, podía crearse sus propios tiros y compartía con Larry la responsabilidad anotadora del equipo. Brad Miley y Alex Gilbert dedicaban todos sus esfuerzos a la albañilería: con muy poca mano, se postulaban como aguerridos defensores y cumplidores en el rebote. El que sí portaba un hatillo de puntos era el sexto hombre oficioso del equipo, Bob Heaton, que contribuyó al balance inmaculado con algunas canastas ganadoras inverosímiles.

La campaña anterior, con mejores jugadores, el equipo se diluyó como un azucarillo. Afloraron los egos (algunos se mostraron más interesados en anotar que en ganar expuestos a las promesas de los profesionales) y el inicio esperanzador (13-0) había quedado en agua de borrajas. El primer síntoma de mejoría se dio con la victoria 87-79 en el amistoso ante la temible selección soviética por 8 puntos, sin el concurso de Bird los últimos minutos expulsado por faltas.

En el arranque oficial se ganó fácil a Winconsin-Lawrence, para ir ajustándose los marcadores ante oponentes de enjundia: Purdue, Evansville e Illinois State. En Cleveland State, Bird se encaró y persiguió hasta el vestuario a uno de los entrenadores ayudantes rivales. La ciudad de French Lick acudió en masa a comprobar cómo su ilustre vecino batía el record histórico de anotación de ISU, que ostentaba Jerry Newsome (al que dio el balón del partido), frente a Morris Harvey. Con cuatro impresionantes victorias en su conferencia se situaban a la altura del año precedente (13-0).

Larry no sintonizaba con los medios de comunicación y se negó casi desde los albores del curso a hacer declaraciones para la prensa escrita porque desvirtuaban sus palabras. Sin embargo, su papel como líder se agrandó hasta el punto de que llegó a despedir del vestuario con un “Lárgate de aquí”, al presidente de la universidad, Richard Landini, en el intermedio del complicado encuentro ante New Mexico State. Pasaron otros 3 partidos y la racha se alargaba (18-0), siendo la única escuadra invicta del país. Aún así en las clasificaciones seguían apareciendo por detrás de Notre Dame.

Nuevamente New Mexico State los llevó al límite. Con un minuto por jugarse, Bird salió de la cancha eliminado tras un arqueo sublime (37 puntos, 17 rebotes y 9 asistencias). A falta de 3 segundos Brad Miley recogió un rebote, pasó a Bob Heaton que anotó a 16 metros sobre la bocina para igualar la contienda. En el tiempo extra dos canastas del poco utilizado Rick Nemcheck devinieron providenciales para el triunfo, que celebraron con una gran cena mejicana. Larry volvió a casa pachucho, un virus le dio guerra unos días, pero no fue óbice para conducir a los suyos al 20-0. A Bill Hodges se le caía la capa de interinidad y Bob King retornaba al atletismo. Frente a Drake, Larry alcanzaba su tercer triple doble de la temporada (33 puntos, 10 rebotes y 10 asistencias), pero el técnico de Bradley, Dick Versace, había diseñado una estrategia trampa (zona 2-3, con 2 contra 1 en cuanto el rubio tuviera el balón). Como luego declararía su primer coach en profesionales, Bill Fitch, Bird no perdió la calma “sabía preparar la tela como las arañas para cuajar su jugada”. Se dedicó a localizar al compañero mejor situado, a sabiendas de que sus 4 puntos finales le podían hacer perder el título de máximo anotador, para hacerse con la victoria. En Terre Haute no lo podían creer: la última encuesta les señalaba como la número 1 del país (Notre Dame había sufrido su tercera derrota).

Llegaron 3 victorias más para irse a las 25 consecutivas. El programa para el último partido de Larry en el Hulman Arena titulaba: “Una edición de coleccionista: la final de la casa de Larry Bird”. La NBC cambió sus horarios para retransmitirlo a nivel nacional. Desde el jueves por la noche los aficionados hacían cola para comprar entradas. Trabajadores y voluntarios dieron solución a las goteras que la copiosa nieve había provocado. Y Larry no defraudó batiendo su propia marca, con 49 puntos. Nueva victoria y emotivo homenaje a los jugadores seniors que se licenciaban con el restablecido entrenador Bob King como testigo.

2 encuentros más y en la final de la Conferencia del Valle de Missouri aguardaba un rival conocido, New Mexico State. Era el enfrentamiento que precedía a la puesta de largo de la NCAA y el triunfo estuvo a punto de costarle muy caro a los de Indiana, pues Larry se fracturó el dedo pulgar por tres sitios. Mientras trataba de mitigar el profundo dolor (apenas podía rebotear) realizó una serie de viajes para recoger todos los premios: en el Naismith al mejor jugador cayó hasta simpático “No podíais haber escogido un individuo más majo para este trofeo”.

En el “March Madness” se salvó el primero de los obstáculos ante Virginia Tech, con Larry tardando en entrar en partido (22 puntos, 13 rebotes y 7 asistencias). Oklahoma tampoco supuso gran inconveniente y el pulgar de Larry no daba señales de alerta (29 puntos, 15 rebotes y 5 asistencias). En la final regional, Arkansas opuso seria resistencia y fue Bob Heaton el que se vistió de héroe con su canasta el último segundo. Larry en lo de siempre con 31 puntos y 10 rebotes. En la posterior invasión de pista un aficionado agarró el maltrecho dedo de Bird y éste le noqueó de un puñetazo. El primer objetivo estaba cumplido: entrar en la .
Temporada 78/79: Los espartanos

En su segundo curso Magic acaparaba toda la atención del equipo. El 27 de noviembre Sports Illustrated lo situaba en su portada vestido de smoking y los Kansas City Kings ya habían mantenido los primeros flirteos para dar el paso a profesionales. El inicio trajo buenas sensaciones con victorias de peso ante la Indiana de Bobby Knight por una veintena de puntos y una remontada de mérito ante Minnesota. Poco después Associated Press les designó número 1 del país. La nominación conllevó un efecto contraproducente: se dejó de correr y cascaron 4 de los siguientes 6 partidos. La reunión grupal tuvo un impacto balsámico. Con un balance de 4-4 y 14 arriba frente a Ohio State, Magic se torció un tobillo y marchó al vestuario. Desde allí escuchó el volteo al marcador. Le pidió al fisio que le vendase y cojo se reintegró al juego. Los 9 puntos que anotó en los 4 minutos finales sirvieron para cambiar la tendencia. La velocidad los devolvió al carril ganador. De ahí a final de temporada sólo encajaron una derrota más (de las cinco, cuatro se habían producido en el último segundo).

Lamar significó un plácido estreno en el torneo NCAA, Lousiana State tampoco supuso una piedra en el camino. Notre Dame (muchas semanas encabezando la clasificación) sí era un escollo de categoría. Su entrenador era el veterano Digger Phelps, y entre sus pupilos había jugadores que se ganarían bien la vida en profesionales (Kelly Tripucka, Bill Laimbeer y Orlando Woolridge). Jud no perdió el tiempo en la pizarra y apeló al conocimiento, fe y talento de los suyos: “No tengo nada que deciros que no sepáis. Sabéis lo que tenéis que hacer. Salid fuera y machacadlos”. Los 12 puntos de diferencia no dejan lugar a debate. Greg Kelser estuvo pletórico con 34 puntos (incluyendo 6 mates). La clasificación para la final a cuatro estaba firmada.
La Final Four

En la primera semifinal, Michigan se enfrentaba a Pensilvania. Para evitar distracciones Judd anticipó la llegada del equipo a Salt Lake City al martes. La visita y maravillosa cena a la estación de esquí redujo tensiones y sentó de maravilla al conjunto que el sábado arrasó por una diferencia de 34 puntos, con lo que hasta los suplentes tuvieron su pizca de gloria.

La igualdad (se dieron hasta 15 empates) y los altísimos porcentajes de tiro presidieron el segundo asalto entre Indiana State y la De Paul de Mark Aguirre. A Larry las molestias en su pulgar no desviaban su puntería (en la primera mitad sólo erró un tiro y en la segunda dos, para un total de 16 de 19 y 35 puntos, 16 rebotes y 9 asistencias), pero los más intransigentes significaron sus 11 pérdidas de balón y que en los últimos siete minutos y medio sólo había lanzado una vez a canasta. La entrada en la final llegó por la vía del sufrimiento (76-74).
La Final

Era la primera vez que ambos se enfrentaban y visto con perspectiva el encuentro tuvo el desenlace previsto por mucho que ISU estuviera invicto. Los espartanos tenían una superestrella y dos jugadores de nivel superlativo (Greg Kesler fue elegido en el puesto número 4 de draft y Jay Vincent), los sicomoros únicamente se agarraban a un marciano.
Si en la cancha Magic estaba mucho mejor rodeado que Bird, en el banco la diferencia también resultó abismal. En el entreno previo Heathcote tuvo la brillante idea de situar a Magic en el equipo reserva para que en el 5 para 5 hiciera de Bird. El actor cumplió tan bien su papel que sacó de sus casillas a su entrenador, pero el equipo aprendió la lección. Se plantaron en una zona 2-3 durante los 40 minutos siguiendo los cortes del rubicundo. La comunicación resultó perfecta, pues Larry nunca estaba sólo y a la que recibía se encontraba incómodo con frecuentes dobles marcajes. Hodges por el contrario no varió la estrategia y tras el descanso incluso la equivocó más: en lugar de sacar hacia afuera a Bird para que dispusiera de espacios individuales y se generara tiros largos, le hundió en el fondo de la zona con lo que apenas le llegaban balones y cuando lo hacían las ayudas estaban muy próximas (la línea de fondo era un vagón de metro en hora punta). De esta manera ni pudo realizar lanzamientos claros y sus porcentajes fueron horribles (7 de 21 en el tiro para 19 puntos) ni disponer de líneas de pase para poner la pelota al compañero mejor situado. Anulada la estrella, el resto no congregaba tanto talento para dar la vuelta al resultado que desde el principio fue franco para los verdes de Michigan. Éstos tampoco es que hicieran un partidazo (Magic hizo 24 puntos, pero no pasó del notable), pero sabían lo que tenían que hacer para ganar. La pulcritud y el acierto exterior de Terry Donelly (15 puntos) y la exuberancia física de Kelser (19 puntos y 8 rebotes) pesaron más que los solitarios arranques de Carl Nicks (17 puntos) y Bob Heaton (10 puntos).

La temporada consagró a Michigan State como campeón (75-64), a Magic como mejor jugador del torneo NCCA y a Bird como mejor jugador del curso, en un año brillantísimo para un equipo de talento y respuestas limitadas que se quedó a las puertas de la gloria.

Larry jamás olvidaría esa derrota (la más dolorosa de su carrera) y cuando en las finales de la NBA del 84 los Celtics ganaron a los Lakers, Bird dedicó el triunfo a Terre Haute.
¿Y luego?

Pues lo que todo el mundo sabe, que fueron felices y comieron perdices. Como en la película, Tú a Boston y yo a California. Su rivalidad cobró tintes épicos. Bird se engarzó 3 anillos por 5 de Magic. Y tardaron en llevarse bien. “Fui yo el que empezó todo. No quería estar cerca de él, era mi principal competencia”, reconocería Larry años más tarde. “Teníamos la misma locura por ganar”, añadiría Johnson. Vivían pendientes el uno del otro. Pero tras las finales del 87, un anuncio de Converse llevó a Magic a French Lick a la casa de Bird. Hablaron y se dieron cuenta de que tenían muchos puntos en común. La madre de Larry preparó un suculento almuerzo y en la distendida charla ambos se descubrieron y destaparon su mutua admiración. Un spot publicitario y una comida en la granja sellaron una amistad eterna.

A Magic lo retiró el SIDA. A Bird sus problemas de espalda. En su año de novato el gran Artis Gilmore le previno “si vas a seguir en la Liga, tendrás que dejar de fregar el suelo”, aludiendo a lo duro que jugaba y a las continuas costaladas que se daba para recuperar cualquier balón perdido.

Ambos acudieron a sus respectivos homenajes. Bird viajó a Los Ángeles para regalarle una tabla del parquet del Garden con una inscripción y prometer a su amigo que regresarían juntos con la medalla de oro de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Magic en Boston se abrió el chándal para descubrir que debajo llevaba una camiseta de los Celtics, tomó el micrófono y dijo: “Sólo una vez me mentiste. Larry Bird dijo que habrá otro Larry Bird algún día. Y Larry, nunca, nunca jamás habrá otro Larry Bird”.

“Siempre tendremos una conexión que jamás se romperá, hasta el cementerio. Hablarán de esto de aquí a cien años”. Palabra de Bird.

Dignificaron y reconstruyeron un juego para siempre. “Gracias a Bird y a Magic, la NBA y sus jugadores vivimos el boom económico actual y hay que agradecérselo”, declaró unos años después Charles Barkley. Cuando aterrizaron en la Liga el salario medio de un jugador era de 150.000 $. Cinco años después había ascendido hasta el medio millón.

¿Y de nosotros? ¿Qué hubiera sido sin ellos?
Mi reconocimiento otra vez a Raúl Barrera y Carlos Laínez por su paciencia y amabilidad habitual en la Fundación Pedro Ferrándiz Espacio 2014 FEB.

Mil gracias a mi primo Pablito por su generosidad siempre y su ayuda con el inglés. Sin sus traducciones no hubiera podido profundizar tanto en la carrera de Larry Bird.

 

Por Juan Pablo Bravo.
Escritor colaborador de JGBasket
contraataquede11.com

Publicada el: 16 noviembre 2014 20:28 pm31

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Bird-Magic, el inicio de la rivalidad, 5.0 out of 5 based on 1 rating