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¿Quién no conoce a Carlos Jiménez? El jugador madrileño (10/02/1976) y gran capitán de la de baloncesto ha dejado huella en todos los clubes en los que ha estado y se ha ganado el cariño y el de sus aficiones. Jiménez empezó a jugar al baloncesto en el colegio San Viator y aunque ya destacaba en las categorías inferiores, no abandonó su equipo del alma hasta que acabó en categoría junior. Y como es de bien nacido ser agradecido, cuando puede, vuelve por el que fuera club de sus orígenes para compartir sus experiencias con los futuros jugadores.

En el año 94 llegaba al Ramiro de Maeztu para jugar en el EBA del, entonces, Estudiantes Caja Postal. Después de un muy fructífero con la selección junior con la que consiguió el bronce en el Europeo de Tel Aviv, no tardó en convencer a y dar el al primer equipo. El 10 de septiembre debutaba ante el Club Baloncesto Cáceres sin saber que se convertiría en uno de los mejores jugadores nacionales de la . Esa temporada compaginó los del filial con los del ACB, con el que disputó un total de siete encuentros, en los que anotó 4 puntos y cogió 7 rebotes.

Al verano siguiente, tras su debut en la máxima competición, ayudó a España a lograr el que hasta entonces era su mayor logró a nivel de selecciones, la medalla de bronce en el Mundial junior disputado en Atenas. El conjunto dirigido por Joan Montes y en el que compartía vestuario con algunos jugadores que luego serían compañeros suyos en el Estudiantes (Rafa Vidaurreta, Rodrigo de la Fuente o Íker Iturbe) perdió en semifinales ante la anfitriona, liderada por un gran Rentzias, y tuvo que reponerse para superar en el tercer y cuarto puesto a Croacia por 77-64.

Poco a poco se fue haciendo un hueco en el equipo colegial y pasó a formar parte de la primera plantilla. En su segunda temporada jugó veintiséis partidos, incluidos cuatro de playoff por el título, anotando 55 puntos y capturando 34 rebotes. Jiménez seguía creciendo como jugador y se convertía en un ídolo para la afición colegial gracias a su forma de ser dentro y fuera de la cancha. Su carácter humilde y sencillo le hizo ganarse el corazón de los dementes.

En su tercera temporada dio el salto definitivo, haciendo unos números espectaculares, con un total de 248 puntos y 164 rebotes. Las alegrías le seguían llegando a este madrileño que, en 1997, veía como Lolo Sainz le convocaba, por primera vez, para jugar con la selección absoluta el clasificatorio para el Europeo de Barcelona. Su debut ante Ucrania sería sólo el principio de una carrera plagada de éxitos.

Su techo no tenía límite y, año tras año, iba superando las expectativas y mejorando sus números. Se puede decir que la temporada 97/98 fue la de su consagración. Disputó todos los partidos y se convirtió en titular indiscutible. Destacó por ser un jugador que aportaba en todos los aspectos del juego, tanto en ataque como en , convirtiéndose, con sus 378 puntos y 250 rebotes, en una pieza fundamental para su equipo.

Su buena campaña en Estudiantes hizo que Lolo Sainz siguiese confiando en él y le llevase al Mundial de Grecia del 98. Volvía a disputar un campeonato en el lugar en el que pocos años atrás había logrado una medalla de bronce. No pudo repetir metal, pero la selección consiguió un meritorio quinto puesto y sirvió para asentar las bases de cara a los logros futuros.

 

Por Victor Escandón Prada
Entrenador superior baloncesto
Gabinete comunicación

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