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El es casi perfecto. Y me alegra contarlo. Es un honor.

No es mi intención con este artículo convencer a nadie de del físico o el deporte. Sus beneficios fisiológicos están universalmente aceptados, incluso el papel del mismo como factor preventivo y terapéutico de muchos cánceres forma parte de un consenso científico más que razonable.

Aquellos deportes que se practican de forma colectiva, llevan implícitos además una dimensión ética integral, una moral aconfesional y unos estándares sociales y emocionales que fomentan la convivencia y riqueza personal de una forma abrumadora con respecto a la huérfana del mismo.

El deporte integra y perfecciona, la lucha contra un elemento, una distancia, un tiempo, una duración, un obstáculo, una dificultad material o emocional, un adversario o varios, un animal o incluso uno mismo, conlleva por extensión la entrega, la seriedad, el a y, casi siempre, un cierto valor intrínseco.

Si seguimos avanzando, los deportes practicados en recintos cerrados viven independientes de la meteorología, evitan viriasis de repetición en tempranas, aportan mayor control de asistencia y evitan peligros inherentes al descontrol de un espacio abierto.

Por otro lado, junto a otros deportes parecidos, el trabajo físico es más coherente, e incluye musculatura de tren superior e inferior.
Además es integral, atendiendo un correcto fitness cardiorrespiratorio, resistencia y fuerza muscular, flexibilidad e incluso induce modificaciones de composición corporal.

Hace muchos, muchos años, Naismith solicitó a su conserje unas cajas vacías, y éste le llevó lo único de que disponía: un par de cestos de melocotones que fueron clavados a los lados de un gimnasio a 3,05m de altura. Desde entonces, ese invento, el baloncesto, aporta muchas más cosas que otros deportes convencionales colectivos, por más que esta afirmación genere suspicacias previsibles.

El baloncesto goza de los mejores atletas, en estética y en forma física, de formas corporales casi siempre griegas. Tiene una nobleza intrínseca basada en la ausencia casi total de contacto, y no existe otro deporte con mayor proporción de número de árbitros y jugadores para el tamaño del campo de juego.

La caballerosidad es manifiesta, y en más de una ocasión un lanzamiento triple se continúa con una felicitación del rival, una discreta palmada en la mano. No se escatiman elogios hacia el contrario, y el trofeo más valorado es aquel que premia la deportividad y cuyos jueces son los propios rivales que, por otro lado suelen serlo también en jornadas de espectáculo, como el concurso de mates o triples.</span>

No se escupe, no se grita. El gesto obsceno o fuera de lugar hay que buscarlo con lupa, y las declaraciones polémicas o desafortunadas por parte de sus participantes brillan por su ausencia.

La obediencia y el control de uno mismo tienen más mérito cuanto más desarrolladas tenga el deportista sus capacidades físicas, y así, curiosamente, es excepcional la presencia de peleas o descontrol de cualquier situación.

El público suele ser educado, cortés y conocedor de lo que ve, y los incidentes entre aficiones rivales han sido minoritarios o inexistentes en nuestro país. Se respeta a la autoridad, y es raro culpabilizarle de derrotas propias o ajenas.

Es escasa o nula la radicalización de las aficiones, y en general los padres de los chicos suelen ser correctos, estrictos y comedidos espectadores de las competiciones de sus menores. Tienen, además, casi siempre garantizado un sitio agradable en un polideportivo cualquiera, razonablemente cálido en invierno y no demasiado caluroso en verano, donde ver las evoluciones de sus hijos.

Cuando Naismith escribió las 13 reglas, documento de oro de la Fundación Ferrándiz en facsímil, quiso que después de las principales, apareciese en 5º lugar aquella que prohíbe golpear al adversario, sujetarle, empujarle o zancadillearle, penalizando con falta dicho comportamiento. Las reglas 10ª y 11ª hacen referencia a la autoridad del árbitro, y sólo la última, la 13ª, aclara que gana quien mete más “cestos”.
Hasta la fecha y por razones que no entro a valorar, están mejor preparados en conocimientos, cultura y educación, los monitores deportivos de baloncesto que otros de deportes masivos, como el fútbol; y la violencia, o comportamientos inadecuados están a años luz de otras disciplinas.

Se distingue mejor, a ciertas edades, la máxima de que unas veces conviene ganar “como consecuencia” y otras “como circunstancia”, y suele primar la cooperación más que la competición en la mayoría de los infantes. Hay más educadores que entrenadores, y en la adolescencia se fomenta al estudiante que juegue, no al jugador que estudie.

En general, el conocimiento técnico-táctico y psicopedagógico por parte de los responsables en edades tempranas es mayor que en la mayoría de los deportes, con excepción de aquellos con más tradición y solera, como algunas artes marciales.

Es un deporte donde no existe el empate, sería absurdo, siempre gana uno. Es un deporte donde todos sus integrantes deben saber defender y atacar, con rarísimas excepciones, pero son deportistas completos.

El resultado es, a menudo, una incógnita hasta el final, y la capacidad de concentración del deportista en los segundos vitales, así como la incertidumbre del resultado, aportan una emoción añadida al espectador y a los propios participantes.

Están mejor estructurados la intensidad, la carga y los intervalos de descanso, y los alumnos que eligen el baloncesto como deporte escolar lo hacen con mayor adherencia, puesto que no tiene efecto en ellos la influencia social del deporte rey o superan la misma sin dificultad.

En la mayoría de los casos, la iniciación se produce en el mismo recinto escolar, con la consecuente integración unificadora (educativa, recreativa y competitiva) y escasa pérdida de tiempo en desplazamientos a otras localizaciones.

El desenvolvimiento muscular armónico, la belleza, control y naturalidad del espacio y el movimiento, es más equilibrado y completo que en otras disciplinas, y la voluntad, el carácter, la objetividad en la conducta competitiva, la honestidad, la lealtad, la responsabilidad y la cordialidad, se me antojan objetivos a los que el baloncesto contribuye, bien orientado, de una forma magistral.

Desde edades tempranas, el número de jugadas de ataque y defensa es enormemente superior a otros deportes, y el desarrollo de la memoria es por tanto superior al resto de opciones deportivas.

En el entorno profesional español, la ostentación personal o económica de los profesionales es escasa o nula, y los jugadores de baloncesto son admirados única y exclusivamente por su trabajo, con asepsia total sobre su vida privada, constituyendo un ejemplo educacional correcto y recomendable.

En el ámbito periodístico, las críticas hacia los jugadores de baloncesto son más razonables y ponderadas que en el fútbol, y es rara la filtración inconsciente de pasiones encubiertas o preferencias personales. Se juzga un lapso de tiempo, una temporada, una actitud mantenida, no un simple partido o una parte del mismo.

En relación al número de participantes y el tiempo dedicado, es menor el número de lesiones y su gravedad que en muchas otras actividades deportivas, y casi siempre está mejor cubierta la necesidad de un profesional sanitario, a veces por el simple hecho de compartir polideportivo con otras modalidades.

La invención del baloncesto abrió un camino de experimentación y se idearon hasta 36 juegos derivados de éste.
La aceptación es más que destacable, probablemente por su alta tecnificación y escasez o nobleza de contacto físico, además de la rapidez y amplitud de su progreso.

Seguramente el margen de mejora es amplio, no somos perfectos, pero el baloncesto es, a día de hoy, uno de los mejores deportes que pueden practicar nuestro hijos, con independencia el resultado de dicha práctica, que bajo una perspectiva fisiológica, de desarrollo personal y educativa, se justifica en sí misma.

El baloncesto es una escuela original, una sorprendente cápsula de maduración personal y la varita mágica de una experiencia imborrable, siempre bajo la batuta de profesionales bien formados y educadores responsables.

En la vida del hombre ninguna edad es perfecta. La compañía del deporte dulcifica el camino. No importa si lo ves (Homo videns) o lo practicas (Homo athleticus).

El baloncesto es casi perfecto. Y me alegra contarlo. Es un honor.

 

Ernesto Fernández
Ex-jugador profesional y escritor

Publicada el: 19 abril 2012 8:23 am

Versión revisada 7 Mayo 2015

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La global: baloncesto, honor y educación, 5.0 out of 5 based on 3 ratings