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Para describir la trayectoria de Óscar Schmidt Bezerra (Natal, 16 de febrero de 1958) no hay adjetivos suficientes y sus números lo dicen todo. Más allá de récords y títulos, verle jugar, y, sobre todo, tirar era una delicia que los vallisoletanos pudieron catar durante dos temporadas. Un lujo disfrutar de un jugador para el que estaba por encima de todo, incluso de la .

Nos podríamos perder en las cifras. Da igual que sean datos oficiales u oficiosos, lo que es evidente es que Mano Santa anotó 49.737 en sus 32 temporadas en activo. Luego se puede entrar a valorar si cuentan los amistosos o no para batir el récord de anotación del gran Kareem Abdul Jabbar, pero anotar más de 30 puntos por partido no está al alcance de cualquiera.

Como buen brasileño que se precie su pasión por el fútbol le hizo comenzar practicando este deporte, pero pronto se vio que con 13 años y 190 centímetros su futuro deportivo estaba lejos del césped. Se adentró en el mundo de la canasta y su perfeccionismo le hacía quedarse horas y horas después de los entrenamientos perfeccionando sus movimientos.

Con ese trabajo tan intenso no es raro que convirtiese el tiro en su mejor virtud. Una mecánica de lanzamiento sencilla y rápida, imparable para sus rivales. Daba igual que su defensor estuviese pegado a él, siempre encontraba un resquicio para armar el brazo y anotar. Pura precisión. Su físico, lejos de ser un gran defensor, le permitía intimidar a su rival y aportar un buen número de rebotes a sus estadísticas.

Tras ser drafteado por los Nets en 1984, sin ninguna intención de quedarse en la NBA para no renunciar a su selección, fue una semana a entrenar con la franquicia. Allí dejó boquiabiertos a todos –rivales, entrenadores, periodistas…– anotando 25 puntos por partido en 25 minutos de juego. Una barbaridad para haber sido elegido en el puesto 144 del draft. Dio las gracias a todos y se despidió de los Nets y su posibilidad de jugar en la NBA, demostrando ser un fuera de serie dentro y fuera de la cancha.

Su compromiso con la selección era un hecho y vistió la canarinha en cinco Juegos Olímpicos (Moscú, Los Ángeles, Seúl, Barcelona y Atlanta). Nadie ha superado sus 1.097 puntos en las citas olímpicas. Todo un récord. Schmidt tenía un rival predilecto: España. Fue la bestia negra de la selección de Díaz Miguel, anotándoles 55 puntos en el duelo que ambos disputaron en Seúl.

El alero brasileño tuvo un papel protagonista en el que, posiblemente, sea el mejor duelo individual en la del europeo. La final de la Recopa de Europa de 1989 es una oda al ofensivo y los más jóvenes tendrían que descargarse aquel partido para ver a dos bestias anotadoras como Petrovic (62 puntos) y el propio Óscar (44 puntos) en un duelo al más puro estilo O.K. Corral. Al final, la victoria cayó del lado del Real Madrid, pero las estadísticas individuales superaron con creces las expectativas previas.

En Italia dejó huella y, a sus 35 años, cuando muchos ya piensan en retirarse, Mano Santa decidió probar suerte en España. apostó por él y fue un show. Los críticos pensaban que la ACB se le iba a quedar grande, pero su elegancia en el tiro y su capacidad para anotar le hicieron cerrar todas las bocas y permitir a los aficionados disfrutar de su magia.

Todavía le quedaba cuerda para rato y siguió jugando en Brasil, demostrando que su capacidad para anotar no se había perdido con el paso de los años. A los 45 años colgaba las botas, aunque viendo su rendimiento en las últimas temporadas podía haber seguido varios años más. Su brillante carrera le ha servido para entrar a formar parte del Hall of Fame. Una recompensa para un gran jugador que pensaba en baloncesto las 24 horas del día y que convirtió el tiro en un arma infalible.

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Por Prada
Periodista deportivo y entrenador superior de baloncesto
Gabinete contenidos JGBasket

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Óscar Schmidt, el arte de anotar, 5.0 out of 5 based on 1 rating