Como si de una estrella de rock se tratase, con sus adicciones, sus escándalos y su muerte prematura, pero también con un juego transgresor y novedoso, “Pistol” Pete Maravich se convirtió en una auténtica leyenda. que, como muchas otras, nunca pudo lucir el anillo de campeón y pasó a engrosar la lista negra de jugadores de la .

Empecemos por el , el genial nacido en Pennsylvania fallecía el 5 de enero de 1988, a los 40 años, jugando un partido de baloncesto entre amigos. Se desplomó sobre la cancha instantes después de confesar a sus compañeros que se “sentía genial”. Los rumores sobre su muerte corrían como la pólvora en las televisiones y periódicos nacionales, achacándola a sus adicciones. Lo que nadie se esperaba es que una vez que le realizaron la autopsia se descubriese que sufría una extraña dolencia coronaria. Su corazón era más grande de lo habitual y no tenía arteria coronaria izquierda. Tantos controles médicos a lo largo de su carrera y nunca se la habían detectado. El milagro es que hubiese sobrevivido tantos años.

Su gran dominio del balón se forjó a base de pasarse horas y horas, en soledad, botando y tirando a canasta. Su pasión por el baloncesto se convirtió en obsesión, llegando incluso a dormir con el balón, no separándose de él ni un segundo. Su padre, Petar Maravich (ex jugador profesional), quería convertirle en una estrella a base de exhaustivos y a él no le importaba porque en la cancha era el único sitio en el que se encontraba a gusto, lejos de tener que desarrollar una vida social en la que no encajaba al tratarse de un chico introvertido y solitario.

La trayectoria de su padre como entrenador profesional le obligaba a mudarse con cierta frecuencia, pero para Pete no era un problema siempre que le acompañase su único e inseparable amigo, el balón. Llegó a Clemson y aunque hacía lo que quería con un balón, eso no fue suficiente para superar las pruebas de entrada en el del Instituto Daniel. Al segundo intento fue la vencida, pero su peculiar forma de jugar no encajaba en los planes de su entrenador y no contaba con minutos. Su momento llegó con la lesión del base titular días antes de la final del campeonato escolar. Por fin podía demostrar todo el talento que llevaba dentro y no defraudó, anotó 45 puntos y metió la canasta decisiva. Empezaba a hablarse de un jugador bajito y delgado que hacia diabluras con el balón, pero poco iban a poder disfrutar de Pete.

Su padre volvía a hacer las maletas para formar parte del cuerpo técnico de la Universidad de North Carolina State. Tocaba buscar de nuevo instituto y allí recaló en el Needham B. Broughton. Fue, precisamente allí, donde se le puso el apodo de “Pistol”, que le acompañaría el resto de su carrera. Al tratarse de un jugador débil y bajo tenía que arreglárselas para poder pasar y tirar. Sus horas en el gimnasio con el balón le sirvieron para patentar un modo diferente de hacerlo, lanzaba el balón desde la cintura, de abajo a arriba. Esa manera de lanzarlo desde la cadera recordaba a la forma de disparar que tenían los vaqueros con su revolver en los western. Había nacido el apodo de un mito. Su último año en el Instituto Militar Edwards le sirvió para que los ojeadores de la llenasen las gradas para ver a aquel prodigio con el balón.

Tenía un abanico amplísimo de posibilidades, pero otra vez su padre se cruzó en su camino. Petar formaba parte del cuerpo técnico de Louisiana State y convenció a su hijo para que jugase allí. Esa melena al viento se paseó en su primer año universitario, dejando boquiabiertos a rivales y espectadores desde el primer día (50 puntos, 14 rebotes y 11 asistencias) para promediar en esa primera campaña más de 43 puntos por partido. Tres temporadas más en la NCAA en las que promedió 44,2 puntos de medio, convirtiéndose en un auténtico espectáculo. “Pistol” hizo suyo el slogan de mayo del 68, “la imaginación al poder”, reclamando con su juego un cambio en el baloncesto moderno.

Sus críticos le acusaban de individualista y de estar por encima del conjunto. Un par de rondas de playoff superadas en su periplo universitario, pero un sinfín de récords que todavía hoy en día perduran. Igualó a su ídolo, Oscar Robertson, siendo el máximo anotador tres años consecutivos, teniendo el mejor promedio anotador (44,2 puntos) y logrando el mayor número de puntos (3.667). Además, es el jugador con más partidos (28) superando los 50 puntos. No todo fueron alegrías en su etapa universitaria, a punto estuvo de morir una noche en una pelea de bar, tras recibir una paliza, fue encañonado con una pistola, pero ésta se encasquilló. Había vuelto a nacer.

Su talento era indiscutible, pero no era suficiente para formar un equipo ganador. Por eso, a pesar de sus números, “sólo” fue elegido en el número tres del draft de 1970 por detrás de Bob Lanier y Tomjanovich. Atlanta Hawks apostaba por él y le firmaba el mejor contrato de la historia (1,9 millones de dólares). Ya era profesional, ahora le quedaba lograr su sueño desde niño, lograr el anillo de campeón. Su juego, más parecido al de los Globetrotters, no gustaba a sus compañeros y cada vez recibía más críticas por su egoísmo en la cancha.

Su falta de empatía social le hacía ser una persona solitaria y, desde la Universidad, cuando sufría algún revés se refugiaba en la bebida. Empezaba a desarrollar una adicción por el alcohol que se haría patente en su cuarto año en Atlanta, cuando fue sorprendido por el entrenador bebiendo en el descanso de un partido. Le apartaron del equipo y su relación con los Hawks estaba totalmente rota. Lejos de afrontar sus problemas con la bebida, se agravaron con el suicidio de su madre ese mismo año. Era el momento de buscar nuevos retos en el baloncesto.

Surgía una nueva franquicia en New Orleans que se adaptaba perfectamente a él. Ahí, era la estrella y los aficionados, más allá de las victorias, querían disfrutar del showtime de “Pistol” y su baloncesto. No aspiraban a playoffs, pero Maravich había recuperado su juego y la ilusión por un deporte que lo era todo para él. La temporada 1976/77 sería la de su explosión como jugador, los 68 puntos que anotó a los Knicks siempre serán recordados. La lástima fue que se quedó a las puertas de conseguir el MVP de la temporada regular, que fue a parar a las manos de Kareem -. Pete volvía a ser el mago que había deslumbrado en su etapa universitaria, pero un nuevo revés se cruzaría en su vida, está vez a modo de lesión en su rodilla derecha. Aquello le pasó factura y, a pesar de seguir teniendo una gran facilidad para anotar, no podía mantener el ritmo que exigía la competición. Sus minutos habían menguado considerablemente y ya no era la estrella para el entrenador.

Los New Orleans se trasladaron a Utah y Maravich –cinco veces All Star– se encontraba perdido en un vestuario en el que volvía a no encajar y con unas secuelas muy evidentes en su rodilla. Sin casi minutos, los Jazz decidieron darle la carta de libertad a mitad de temporada y “Pistol” puso rumbo a Boston, a un equipo competitivo y en el que, después de muchos años, podría pelear por el anillo. Los Celtics cayeron en la final de conferencia ante Philadelphia y Maravich, después de su peor temporada en cuanto a números, decidió poner fin a su carrera a los 32 años.

No podía saberlo, pero con que hubiese aguantado una temporada más en Boston, hubiese logrado su ansiado anillo de la NBA. Eso le sumió en una tremenda depresión y le hizo odiar el baloncesto, desprendiéndose de todo aquello que le recordaba su gran pasión. No se curaron del todo sus heridas, pero pudo ir superando la animadversión que había cogido al baloncesto. Se reconoció su trayectoria, siendo la persona más joven, con sólo 39 años, en entrar en el Salón de la Fama. Fue algo premonitorio, ya que un año después fallecería, como no podía ser de otra forma, en una cancha de baloncesto. Muchos han tratado de imitarle, pero nadie ha conseguido esa simbiosis con el balón que le permitía ser un auténtico mago.

 

Por Víctor Escandón Prada
Periodista deportivo y entrenador superior de baloncesto
Gabinete comunicación JGBasket

Foto: NBA Photos