El Mundial de Japón disputado en 2006 supuso el primer gran triunfo de la selección española. Es imposible no relacionar ese torneo con la imagen de Pau Gasol lesionado levantando la copa de campeón, pero creo que es necesario recordar la gesta que realizó Grecia en las semifinales de aquel extraordinario certamen.

En Japón un EQUIPO de doce griegos sin casi experiencia en la NBA logró vencer a una selección formada en su totalidad por buenos jugadores de la mejor liga del mundo.

Hace poco que finalizó el Mundial 2023 de baloncesto. Tuvimos la suerte de vivir una gran competición. Fue un torneo de mucha anotación, juego fluido, encuentros decididos en los últimos segundos, historias épicas y eliminatorias con resultados muy sorprendentes.

La selección de Estados Unidos era la favorita para llevarse la medalla de oro, pero acabó perdiendo tres partidos durante el campeonato y no tocó metal. Lograron un cuarto puesto que se vuelve a quedar muy corto para la calidad de los jugadores que componían su equipo.

Siempre que pierde una escuadra formada íntegramente por jugadores de la NBA nos extrañamos y nos parece difícil de comprender. Hasta los miembros del equipo americano no se explican muy bien el motivo de sus derrotas; pero… ¿sigue siendo sorprendente que los yankees no ganen el mundial? Si atendemos a las expectativas y a la razón, lo es. Tienen a los mejores jugadores y deberían ganar. Afortunadamente el deporte no es ciencia y las cosas no se atienen siempre a una estricta lógica. La camiseta y el escudo hace tiempo que dejaron de pesar en las competiciones FIBA. El resto del planeta ya no tiene miedo a Estados Unidos, al menos en baloncesto.

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Por otra parte, si nos fijamos en las experiencias más recientes no es tan raro que la selección estadounidense no sea la campeona del mundo: En el siglo XXI se han disputado seis Mundiales; de los mismos USA “solo” ha ganado dos (los mismos que España). En sus últimas participaciones ni siquiera ha logrado subir al pódium.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que ver caer a los de las barras y estrellas era algo inimaginable. De niño creía en el Ratoncito Pérez, en los Reyes Magos, en que Goku vendría a salvarnos si había problemas y que Estados Unidos iba a colgarse el oro en cada torneo veraniego de baloncesto. Luego creces y te das cuenta de que la infancia es una fábrica inagotable de pensamientos inocentes. La no existencia de los Reyes Magos me la confesaron mis padres, la vulnerabilidad de los jugadores estadounidenses de la NBA la descubrí por mí mismo en el verano de 2006. Spanoulis me abrió los ojos y me mostró el camino de la verdad.

Los norteamericanos venían de fracasar en el Mundial de Indianapolis de 2002 y en los JJOO de Atenas de 2004; tropezones que yo, ingenuamente, achacaba a que no se lo habían tomado en
serio y no se habían preparado para tales eventos. En 2006, en Japón, estaba convencido de que iban a recuperar la gloria perdida.

Estados Unidos se presentó en el país del sol naciente con un equipo cargado de jugadores importantes en la mejor liga del mundo. Los doce seleccionados eran los siguientes: Kirk Hinrich, Chris Paul, Joe Johnson, Dwyane Wade, LeBron James, Carmelo Anthony, Shane Battier, Antawn Jamison, Elton Brand, Dwight Howard, Brad Miller y Chris Bosh. El entrenador era Mike Krzyzewski, una deidad del baloncesto universitario que apostó por un núcleo muy joven y talentoso. La plantilla estaba compuesta por jugadores que por aquel entonces eran las nuevas estrellas de la NBA y que acabarían siendo auténticas leyendas del baloncesto:

LeBron ya era All Star y promediaba treinta puntos por partido. Carmelo Anthony era la estrella de los Denver Nuggets, una máquina de anotar que tenía una media superior a los veinticinco tantos por noche. Wade, hace solo unos meses se había proclamado campeón de la NBA siendo el MVP de las finales; sus partidos en la lucha por el título son los más “Jordanescos” que he visto en mi vida. Howard tenía unos promedios de quince puntos y doce rebotes y ya era el jugador franquicia de los Orlando Magic. Chris Paul acababa de ser nombrado Rookie del año. Joe Johnson y Elton Brand eran jugadores más experimentados y totalmente consolidados. Por nombres eran un auténtico equipazo.

Su rival y verdugo en la semifinal de aquel campeonato fue la selección griega. No sé si sus integrantes desconocían la NBA o si simplemente hicieron buena la frase del cineasta Jean Cocteau: “Lo consiguieron porque no sabían que era imposible”. No tenían ningún jugador en la liga estadounidense; solo Spanoulis y Fotsis habían probado suerte, aunque su paso por allí
fue menos exitoso que los implantes capilares de Rafa Nadal.
Ambas escuadras llegaron a la semifinal imbatidos y sin sufrir demasiado contra sus anteriores rivales. La selección de LeBron solo tuvo problemas contra Italia en la fase de grupos, mientras que el equipo entrenado por el mítico Panagiotis Giannakis había ganado todos sus duelos con bastante autoridad. Se enfrentaban selecciones muy distintas: Grecia estaba cómoda realizando ataques lentos y controlados; era un conjunto defensivo que encajaba pocos puntos y que basaba toda su fuerza en el juego de equipo. Eran rocosos y sólidos, pero contaban con desatascadores de mucha calidad, como lo eran Papoloukas y Spanoulis. En la armada estadounidense destacaban las individualidades por encima del grupo. Proponían un baloncesto de defensa intensa y de manos rápidas en primera línea. En ataque eran
imparables en transición y al contraataque. Sufrían en estático y no tenía grandes tiradores de larga distancia.

USA partía de inicio con Hinrich, Johnson, LeBron, Carmelo y Brand. Paul Howard y Wade esperarían su turno desde el banco. Grecia empezaba con Diamantidis, Hatzivrettas, Fotsis,
Papadopoulos y Kakiouzis.

Durante el primer cuarto los helenos sufrieron sin Papaloukas y Spanoulis en pista, les costaba un mundo anotar sin sus mejores generadores ante el físico y la presión del equipo de Krzyzewski. USA tampoco estaba mucho mejor, la selección de tiro era mala y el acierto brillaba por su ausencia. Ambos equipos se estaban tanteando y el resultado durante los primeros minutos fue un combate nulo. Wade entró a la cancha para dinamitar el partido. Él y LeBron eran flotados y fallaban lanzamientos totalmente liberados, pero la estrella de los Heat logró forzar tiros libres y meter canastas de cerca para poner a USA por delante y mandar al final del primer cuarto. El conjunto americano daba la sensación, pese a la igualdad en el marcador, que a poco que se centraran y subieran el ritmo del juego podían romper el partido.
Dominaban 14 a 20 al finalizar los primeros diez minutos.

A siete minutos del descanso Carmelo Anthony, que era el jugador de aquella selección que mejor se adaptaba a las competiciones FIBA, empezó a anotar con fluidez y puso la máxima distancia al tomar nueve puntos de ventaja. Grecia estaba en un momento crítico, pero evitaron el desastre gracias a Diamantidis, que puso un tapón increíble a Chris Paul, y a Spanoulis, que sacó de forma muy inteligente tres tiros libres a Hinrich. El juego exterior griego lanzaba un aviso al estadounidense: «Nosotros también sabemos jugar y os podemos superar». Esas dos acciones marcaron el inicio del cambio. Los herederos de Hércules pusieron una defensa zonal que, como es costumbre en FIBA, se les atragantó a los de la NBA. “Coach K” no paraba de hacer cambios y daba la sensación de volver locos a sus jugadores. Spanoulis y Papaloukas comenzaron a encontrar a Sofoklis Schortsanitis y eso fue una noticia horrible para Estados Unidos. Schortsanitis era un coloso apodado Baby Shaq, sobrenombre que se había ganado por ser un Shaquille O´Neal de bolsillo; con 2,05 tenía un físico imponente capaz de arrasar a cualquier rival en la zona. Sofoklis anotó ocho puntos consecutivos que dieron la vuelta al marcador. Los griegos habían logrado un parcial de veinte a cinco. El equipo estadounidense mostraba carencias muy claras: Incapacidad para atacar la zona e inutilidad absoluta para defender el bloqueo directo.

En el tercer cuarto los griegos comenzaron a creer que podían ganar, la hazaña ya no era tan lejana y se veían en plena disposición de llegar a la final del mundial. Jugadores que se mostraban tímidos en la primera parte, como Fotsis y Tsartsaris, empezaban a asumir tiros y a sentirse cómodos en la pista. La mayoría de superhéroes de DC y MARVEL son estadounidenses, pero el increíble Hulk aquella tarde en Japón era griego y se apellidaba Schortsanitis. Ni Superman Howard ni el capitán de America LeBron tenían respuesta para las embestidas del pequeño Shaq. A falta de seis minutos para el final del tercer cuarto el gran Dimitris Diamantidis metió un triplazo en la cara de James para poner la máxima ventaja a
favor de los europeos. Doce arriba y la sensación de que el partido estaba en sus manos. El tercer cuarto fue una exhibición de los europeos, que olieron sangre y… se me ocurren pocos
tiburones más fieros que Diamantidis, Spanoulis y Papaloukas.

Dikoudis se unió a la fiesta y anotó ocho puntos consecutivos. La máxima de doce puntos se amplió a catorce. Los helenos estaban en trance y veían el aro más grande que una piscina
olímpica. Durante aquellos diez minutos fue imposible jugar mejor a baloncesto.

Las características de cada selección habían cambiado; ahora era Grecia quien jugaba rápido y quien aspiraba a ganar a su rival anotando más de cien puntos. El equipo de las estrellas NBA
bastante tenía con mantenerse con vida en el partido. Lo logró a duras penas gracias a la muñeca de seda de Carmelo y a la fuerza en el rebote de Howard.

Al final del tercer cuarto el marcador era de 77 a 65. Hasta el público japonés, que siempre había animado a los yankees y se volvía loco con los mates de sus ídolos, se puso (al menos durante unos instantes) de lado de los griegos y empezaron a corear sus canastas.

El último periodo fue un quiero y no puedo para los de Krzyzewski. Intentaron remontar a
través de individualidades y de hacer la guerra por su cuenta, pero estuvieron lejos de conseguirlo. Kakiouzis, un ala-pívot tirador y de calidad, hizo un fantástico final partido y logró
aniquilar las esperanzas de remontada del rival. Los arreones de Wade, los triples de Hinrich y los fogonazos finales de LeBron fueron insuficientes ante el talento y los canastones de don
Vassillis Spanoulis. Los yankees se pusieron a cinco puntos a falta de dos minutos para la conclusión, pero en ese momento Vassilis tomó el control de la situación y remató el
encuentro con un triple sensacional tras bloqueo. El escolta griego todavía no tenía el infinito palmarés que acabó cosechando en su exitosa carrera, pero ya era un jugador especialista en ser la estrella cuando el balón quema y el reloj aprieta.

El partido acabó 101 a 95. Grecia fue superior y mereció la victoria.

El niño que yo era por entonces aprendió que las estrellas de la NBA eran de carne y hueso, que extrañamente perdían sus poderes al competir en FIBA y que los jugadores de Euroliga no estaban tan lejos en cuanto a nivel. También aprendí que no importaba que Goku fuera un personaje ficticio; si había problemas Spanoulis los resolvería con un par de triples.

Mike Krzyzewski hizo una muy mala gestión del talento que tenía a su disposición. Sus cambios constantes y su poco conocimiento de los rivales desconcertaron a sus propios jugadores.
Nunca definió los roles del equipo y sus discípulos no sabían de que manera actuar en los momentos decisivos. Intentó trasladar, sin éxito, el baloncesto universitario al del mundial,
pero Grecia y Giannakis le hicieron suspender el curso. En el futuro aprendió la lección y terminó con buena nota su etapa como entrenador del “Team USA”.
LeBron James, que hoy está considerado (con toda justicia) como uno de los mejores jugadores de la historia, hizo un muy mal partido y un torneo vulgar. Seguro que esa derrota le ayudó a
mejorar, pero por aquel entonces «El elegido»; sufría la picadura del virus FIBA y no se adaptaba bien a las competiciones que no se llamaran NBA.
Chris Paul estuvo horrible y fue superado en todo momento por los bases griegos. El por entonces Rookie del año de la NBA fue uno de los que más sufrió la novatada de competir contra selecciones de otros países.

En general toda la selección estadounidense suspendió. Se salvaron de la quema Carmelo Anthony, Dwight Howard, alguna gran actuación esporádica de Wade y la intendencia del siempre cumplidor Shane Battier.

En el Mundial de Japón de 2006 se cumplieron todos los estereotipos negativos (y muchas veces falsos) que tenemos en Europa sobre el baloncesto que se juega en la NBA. Aquella selección pecó de soberbia dejando todo en manos del talento y la inspiración de sus estrellas, abusando del uno contra uno y sin hacer prácticamente ninguna jugada en equipo. Estaba sobrada de físico y habilidad, pero falta de IQ baloncestístico y tiro exterior; Incluso, para rematar el listado de tópicos, los árbitros no les pitaron algunos pasos muy claros.
Las historias en las que el débil gana al fuerte son recurrentes en el cine y en la literatura.
Como espectadores nos gusta ver como David gana a Goliat, como trescientos espartanos pusieron contra las cuerdas al ejército persa de más de cien mil soldados y como Rocky Balboa
derrotó contra todo pronóstico a Apollo Creed. Nos hacen creer que cualquier cosa es posible y nos motivan de cara a luchar por nuestras metas y aspiraciones. Este sentimiento de animar al más débil hizo que muchos aficionados desde España apoyaran a Grecia aquel día, además la derrota de los favoritos daba más opciones a la selección española de levantar la Copa del
mundo, como acabó sucediendo.

En la gran final Grecia se midió a un equipo de verdad y acabó anotando menos de la mitad de puntos (47) que los que marcó contra Estados Unidos. Los helenos se llevaron una derrota abultada del equipo dirigido por Pepu Hernández, pero siempre podrán estar orgullosos de haber vencido en semifinales a un conjunto que, visto hoy con retrospectiva, estaba formado por algunos de los mejores jugadores de baloncesto de todos los tiempos.
El uno de septiembre de dos mil seis fue un día inolvidable en el que los Spanoulis, Diamantidis, Papaloukas y compañía se disfrazaron de Hércules, Ulises y Aquiles y vencieron a
un conjunto plagado de dioses del baloncesto. Ese partido quedará para siempre guardado en el Olimpo del deporte griego.

Autor: @EtiquetaNegra44
Foto: fiba.basketball

Semifinal Mundobasket 2006. USA vs Grecia. Boxscore

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