El próximo verano se cumplirán 25 años de la muerte del que para muchos es el mejor jugador europeo de la historia, , que, tras su trágico fallecimiento en accidente de tráfico, se convirtió en todo un mito que ha traspasado fronteras y generaciones.

Los homenajes para recordar al genio de ya han comenzado, empezando hace unos días por su último club, los Nets, antes en Nueva Jersey y ahora en Brooklyn. Petrovic se había convertido, en sus tres temporadas allí, en un jugador franquicia, promediando, en su última campaña, 22,3 puntos por partido con unos espectaculares porcentajes de 51,8% de acierto en tiros de campo y un 44,9% en triples.

Con 15 años ya debutó con el primer equipo del Sibenka, compartiendo vestuario con su hermano Aleksandar. Sus grandes actuaciones no pasaron inadvertidas para la y, tras realizar el servicio militar, firmó por el equipo de Zagreb en 1984, siguiendo, nuevamente, los pasos de su hermano mayor. En su debut ante su ex equipo, anotó 56 puntos y sus declaraciones al final del partido dejaban claro su carácter ganador y su forma de entender el baloncesto: “en la pista no conozco a nadie”. Ese mensaje se reafirmaría años después cuando, vistiendo la camiseta del Real Madrid, se enfrentó a su hermano.

En su etapa en la Cibona, Petrovic conquistó dos Copas de Europa y una Recopa, siendo la bestia negra del Real Madrid, pero si por algo se recordará, durante esa época a Drazen, además de por los títulos es por los 112 puntos que anotó frente al Olimpija de Ljubljana, que se presentó a aquel primer partido de Liga con muchos jugadores júnior, al no haber inscrito a sus nuevos fichajes. Todo un recital anotador que le sirvió para entrar en la historia, pero no fue el único, ya que en un duelo contra el Limoges anotó ocho triples consecutivos para darle la vuelta al marcador.

La etapa del de Sibenik en la Cibona llegaba a su fin. Y en el verano del 88 le tocaba decidir su futuro. Sobre la mesa tenía tres ofertas, del Madrid, del Barça y de la . Al parecer, la primera opción de Petrovic era la del club azulgrana, pero la tardanza a la hora de decidirse del equipo dirigido por Aíto, acabó haciéndole decantarse por el Real Madrid, con el que firmó por cuatro temporadas.

Al final, en el conjunto blanco solo pasó una campaña, pero fue suficiente para convertirle en un icono del club, con el que alzó una Copa del Rey y una Recopa, con una actuación memorable en la final ante el Caserta, en la que anotó 62 puntos. Además, para el recuerdo queda su filosofía de trabajo, teniendo que anotar 100 triples después de concluir cada entrenamiento o el castigo que se impuso tras fallar dos tiros libres, que supusieron la derrota ante el Valladolid, y que provocaron que pidiese las llaves del pabellón para quedarse tirando hasta bien entrada la madrugada.

Su espinita fue no alzarse con el título de liga, perdido en el quinto partido en el Palau, tras una actuación de Neyro más que discutible, dejando a los blancos con cuatro jugadores en pista. Este árbitro había tenido ya un encontronazo con Petrovic en un torneo veraniego, en el que, tras pitarle una técnica al croata, fue escupido por este y acabó siendo expulsado.

Al final de esa campaña, Drazen dio la espantada y se fue a la NBA, concretamente a los , que tenían sus derechos tras haberle escogido en el puesto 60 en el draft de 1986. Su paso por Portland no fue el esperado y cada vez tenían menos protagonismo en el equipo, por lo que decidió buscar una salida y encontró su sitió en los Nets, que tenían un equipo joven y con muchas esperanzas para el futuro.

Paralelamente a los logros cosechados con sus clubes, Petrovic tuvo una exitosa carrera a nivel de selecciones. Primero, vistiendo la camiseta yugoslava con la que logró dos medallas en Juegos Olímpicos –bronce en Los Ángeles 1984 y plata en Seúl 1988–, dos en Mundiales –bronce en España 1986 y oro en Argentina 1990– y dos en Europeos – bronce en Grecia 1987 y oro en Yugoslavia 1989–. Quizá el mayor triunfo de su carrera, el oro Mundial, fue también el más amargo, ya que en dicha celebración se rompió su amistad con Vlade Divac. El desencuentro tuvo lugar al acercárseles un aficionado con una bandera croata y Divac lo echó porque quien había ganado era Yugoslavia. Ese gesto enfrió las relaciones entre ambos, ya que Petrovic tenía ya un arraigado sentimiento independentistas a favor de Croacia.

Fue, casualidades del destino, con la camiseta de Croacia, selección con la que se había colgado la plata el verano anterior en los Juegos Olímpicos de Barcelona ante el Dream Team, con la que disputó su último partido antes del fatal accidente, en un intrascendente choque ante Eslovenia. Un camión se cruzó en una carretera alemana en el camino de un jugador irrepetible que, desde ese momento, se convirtió en leyenda.

 

Por
Periodista deportivo y entrenador superior de baloncesto
Gabinete técnico JGBasket

Fotos: NBA Photo

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Publicada el: 7 Mar de 2018 @ 15:10