A veces no nos damos cuenta, pero las actitudes y acciones que realizamos como entrenadores, durante los partidos desde la banda, influyen y mucho en nuestros jugadores. Por no decir que las reacciones que tengamos desde el banquillo, cuanto más pequeños sean, más pueden condicionar su juego.

Lógicamente no todos los días tenemos el mismo ánimo y hay factores externos que pueden influir en nuestro comportamiento, pero eso no debería afectarnos a la hora de dirigir a nuestros jugadores, hay que recordar que ellos no tienen la culpa y no podemos pagar nuestros problemas con ellos. Esto es independiente de que sean entrenamientos o partidos, pero en este artículo vamos a centrarnos, principalmente, en los partidos.

Ya hemos repetido muchísimas veces que lo primero es crear hábitos que cumplan todos, incluido el entrenador, por ejemplo, la puntualidad. Una vez que estén todos, empieza el calentamiento. Aunque el equipo lo tenga interiorizado, considero que el entrenador debe estar igualmente pendiente, sobre todo en categorías inferiores, porque pueden dispersarse y no darle la intensidad que buscamos para que entren activos a jugar. En esos casos, conviene parar un instante para corregir lo que no se está haciendo correctamente y que continúen con el calentamiento.

Hacer un buen calentamiento no solo es importante para que los jugadores empiecen mentalizados los partidos sino también para dar imagen de equipo. En cuanto se lanza el balón al aire y comienza el encuentro, la labor del entrenador adquiere un papel importante. Es ahora cuando más tiene que medir sus palabras y sus acciones, porque los jugadores están concentrados en el partido y si se les atiborra de información, puede ser contraproducente y provocar el efecto contrario que se busca. Esto suele suceder cuando el técnico se pasa narrando todo el partido.

Además, es básico conocer la personalidad de los jugadores, ya que los hay que al primer grito se vienen abajo, mientras que otros son incapaces de activarse si el entrenador no está encima de ellos. Por eso, resulta tan difícil dirigir grupos y hacerlo bien. Por lo tanto, el entrenador ya tiene una misión, discernir y saber cómo abordar a cada jugador.

Otro aspecto a tratar es el comportamiento durante el duelo, independientemente del resultado y del rival. Hay que respetar siempre tanto al propio equipo como al contrario. Lo que no se puede es dejar de dirigir porque se gana de mucho o se pierde de mucho, ya que los jugadores que están en pista tienen derecho a que se les corrija, sin importar el marcador y el nivel del rival.

En este sentido, si los jugadores ven que el entrenador gesticula mucho y maldice cada fallo, es probable que se pongan más nerviosos, por lo que hay que tratar de mantener la calma y mantener un equilibrio y no solo activarse cuando las acciones no son acertadas, también es importante que los jugadores vean que el entrenador reconoce sus aciertos y se lo demuestra con un gesto o unas palabras.

En definitiva, aunque no nos parezca importante, nuestros gestos, acciones y palabras transmiten a los jugadores más de lo que nos creemos. Por eso, es muy importante medirse y controlarlos para dar un mensaje positivo, aunque eso no quita que si, en un momento puntual, tenemos que pegar un grito porque el equipo lo necesita, lo hagamos.

 

Por Víctor Escandón Prada
Periodista deportivo y entrenador superior de baloncesto
Gabinete técnico JGBasket

Publicada el: 17 Mar de 2018