Un artículo de Javier Balmaseda | Foto portada Miguel Ángel Forniés
Gracias a los testimonios de José Antonio Arízaga, Quique Villalobos y Pep Cargol, ahondaremos en el lado más humano de Drazen Petrovic y descubriremos quién fue, posiblemente, su mejor amigo.
El Real Madrid afrontaba la temporada 88/89 con la incorporación de un jugador que no dejaría indiferente a nadie, Drazen Petrovic. El Genio de Sibenik ficharía por el conjunto blanco aunque en principio todo hacía indicar que vestiría la camiseta del Barcelona. Drazen se incorporó al equipo a principios de octubre de 1988; sin embargo, su fichaje comenzó a fraguarse mucho antes, en septiembre de 1986 durante el mítico Torneo de Puerto Real, como así lo rememora el hombre quien lo hizo posible, su agente José Antonio Arízaga: “Los jugadores yugoslavos no podían salir de su país hasta los veintiocho años. Tuvimos que pagar para que se rebajase la edad a los veinticuatro años. Una vez arreglado el papeleo, yo quería traerlo a España. Hablé con Salvador Alemany (encargado de la sección de baloncesto del Barcelona), con el que tenía muy buena relación, y me comunica encantado que entra dentro de sus planes en cuanto al tema económico, pero necesita el visto bueno de Aíto. De manera que me pide quince días para tomar la decisión y después, otros quince más. Finalmente, me llamó y me comentó que no era posible, en contra de su voluntad, porque el entrenador no estaba conforme al ser Drazen un tío muy especial que podía deshacer la unidad del equipo. Entonces hablé con Mendoza (presidente del Real Madrid) y le pregunté si quería fichar a Petrovic, a lo que me contestó: ‘Mañana mismo, pero ¿no estaba fichado por el Barcelona?’ La Cibona jugaba en unos días en Barcelona e hicimos escala en Madrid. Firmamos en un restaurante madrileño. El fichaje fue por cuatro años y por lo mismo que iba a cobrar en el Barcelona, en torno a los 300.000 dólares (unos 40 millones de pesetas) por temporada. A Drazen le daba igual jugar en el Barcelona o en el Real Madrid, pero sí tenía claro que quería venir a España, porque le encantaba nuestro país”.
Una vez en Madrid, el Genio de Sibenik fijaba su residencia en la zona norte de la Castellana, muy cerca del antiguo Pabellón de la Ciudad Deportiva. Durante su estancia no compartiría muchos momentos con sus nuevos compañeros. Drazen era una persona muy casera y no le atraía mucho salir. A pesar de todo, en tres meses aprendió el idioma. Quique Villalobos fue uno de los pocos jugadores que compartió con él momentos que nada tenían que ver con el baloncesto: “Era una persona muy agarrada y no llegó a poner teléfono en su casa. Yo era el que más cerca vivía de él y cada vez que había un cambio de horario en los entrenamientos, me acercaba a su casa a decírselo. De esas idas y venidas, generamos una amistad más estrecha que la que tuvo con el resto del equipo. Su madre vivía prácticamente con él, y la novia que tenía por entonces también pasaba mucho tiempo con ellos. Cada vez que iba a su casa su madre me decía: ‘Tómate algo’, y eso hizo que tuviéramos una relación más cercana”.

Petrovic y José Antonio Arízaga. Autor M. A. Forniés
Pero si hay un testimonio trascendental para comprender cómo era el croata, ese es el de José Antonio Arízaga: “No tenía grandes amistades entre sus compañeros de equipo. Era muy frío en las relaciones y un hombre centrado únicamente en el baloncesto. Yo le decía: ‘Pero, ¿no vas al cine o algún otro sitio?’ Y él siempre me contestaba: ‘Basket, basket, only basket’. Era un auténtico profesional, se cuidaba muchísimo y no tomaba ni bebía nada que le pudiese hacer daño. Recuerdo que cuando estaba en la Cibona, en los ejercicios de fuerza cargaba con Arapovic, que medía 2,15 metros de altura, para exigirse más. Era un enfermo, un machaca del baloncesto. Yo le decía que era muy aburrido”.
Por último, el testimonio de Pep Cargol nos da pistas de quién podría haber sido el mejor amigo de Drazen: “Petrovic vivía obsesionado con el baloncesto, con mejorar, con entrenar, con aprender. Su dedicación al baloncesto era máxima. En esa época entrenar por las mañanas era voluntario. Evidentemente, los jóvenes siempre estábamos por las mañanas, pero él siempre estaba ahí por las mañanas. Y tiraba, tiraba y tiraba. No paraba de tirar. Curiosamente, en esa época había un croata que venía con él y le ayudaba a pasar y a tirar, que era Neven Spahija, muy amigo de Drazen, quizá su mejor amigo. Él pasaba temporadas en Madrid con Petrovic. Recuerdo que entrenaba con nosotros y ayudaba a Drazen. Jugábamos dos contra dos, tres contra tres, tiraba Drazen y le pasábamos todos el balón, y Neven también estaba ahí pasando y entrenando. Drazen era un currante. Su vida era el baloncesto”.

Drazen Petrovic. Foto M.A. Fornies
Un artículo de JAVIER BALMASEDA
Colaborador JGBasket
MIGUEL ÁNGEL FORNIÉS nació en Badalona el 18 de septiembre de 1952. Estudió en los Salesianos Badalona y en el Colegió Badalonés. Servicio Militar en Campo Soto, Cádiz.
Fotoperiodista de Devoción. Colaboró con Eco Badalonés, 5Todo Baloncesto. Desde 1981 con Nuevo Basket como fotógrafo. Primer fotoperiodista en viajar a ver y fotografiar partidos de la NBA en 1984. Europeo de 1973, cinco Mundiales Júnior (de 1983 a 1999). Quince meses trabajando, viviendo y jugando a baloncesto en Argelia (Sidi Bel Abbès).
Mundial de España 1986, Mundial de Argentina en 1990. JJOO de Barcelona 1992 como adjunto del jefe de prensa de baloncesto. Ha escrito dos libros, Crónica de un viaje alucinante (en 2009) y Memorias Vividas (en 2015). Durante 19 temporadas (1996-2014) responsable de prensa del Club Joventut Badalona.




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