Armando Gómez Gago y José Beirán reflexionan sobre uno de los debates más presentes en el deporte formativo actual
Hay una escena que se repite cada fin de semana en cualquier pabellón de Madrid: un padre o una madre en la grada, móvil en mano, siguiendo en directo los puntos, los rebotes y las asistencias de su hijo a través de una aplicación. Hace veinte años esa imagen no existía. Hoy es la normalidad.
En el marco del Campus JGBasket 2026, Armando Gómez Gago y José Beirán conversaron con Christian Gómez Cano para hablar de esto: del rol que ocupan hoy las familias en el baloncesto de formación, y de por qué ese rol —aunque fundamental— tiene unos límites muy concretos.
El «padre taxista» y el límite de la ilusión
José Beirán lo resume con una imagen que ya es clásica en el vestuario: la del padre taxista, aquel que lleva, trae, paga y supervisa cada entrenamiento de su hijo. Es un papel imprescindible —»es imposible que un niño haga deporte si los padres no ayudan»— pero que tiene una frontera clara que no conviene cruzar:
«Tú no puedes ser nunca más forofo que tu hijo. Tienes que tener como mucho la misma ilusión que él, pero no más.»
La razón, explica Beirán, es que el baloncesto formativo es como una película con distintos actores: el entrenador, el preparador físico, los compañeros… todos pueden cambiar a lo largo de una temporada. El padre, no. Y precisamente por eso, su responsabilidad no es dirigir la trama, sino sostenerla desde fuera. El protagonista, insiste, siempre es el niño.
Estar presente, sobre todo cuando las cosas van mal
Uno de los consejos más directos de la conversación tiene que ver con el momento en el que de verdad se necesita a un padre: no en la euforia de una buena actuación, sino en el silencio después de una mala. «No hay por qué felicitar efusivamente cuando lo hacen bien —no les hace ninguna falta— pero sí estar ahí, al menos, cuando lo hacen mal.»
Y añade una idea que muchos entrenadores suscribirían sin dudar: la sinceridad no es negociable. Decirle a un niño «qué bien has jugado» cuando sabe perfectamente que no ha sido así, no ayuda. Lo único que de verdad se le puede —y se le debe— exigir es esfuerzo. El resto, dice Beirán, «es cosa del entrenador».
Armando Gómez Gago coincide plenamente y añade un matiz sobre el vínculo emocional: el cariño de un padre y el de un entrenador son de naturaleza distinta, y ambos son necesarios, pero no intercambiables. El entrenador nunca será del todo objetivo con su propio hijo; su función pasa por gestionar el terreno personal y también el técnico, cada uno desde su rol, «complementarios». Cuando esas dos piezas —familia y cuerpo técnico— no reman en la misma dirección, la experiencia demuestra que casi siempre sale mal.
El peligro (y la utilidad real) de las estadísticas
La segunda parte de la conversación gira en torno a un fenómeno relativamente nuevo: las aplicaciones de estadísticas en categorías de formación. Puntos, rebotes, asistencias, minutos jugados: todo queda registrado, y todo llega, en tiempo real, a manos de las familias.
¿Es esto positivo o negativo? La respuesta de ambos entrenadores es matizada. «Las estadísticas son peligrosas. Son buenas, pero no tan buenas como nos pensamos», explica Beirán. Bien entendidas, pueden servir. Mal entendidas —reducidas a una cifra que compara a un niño con otro— generan presión añadida y, sobre todo, esconden lo que de verdad importa a estas edades: si un jugador es generoso, si tiene visión de juego, si no tiene miedo a intentar cosas aunque le salgan mal.
Un dato incómodo pero honesto: un niño que mete veinte puntos por partido puede simplemente haberse desarrollado físicamente antes que sus compañeros. Eso llama la atención en la prensa y en las aplicaciones, pero no dice nada sobre su nivel real de baloncesto ni sobre su futuro. El verdadero peligro, señalan, es que esos jugadores más precoces se acomoden, y que los que aún no han pegado el estirón se rindan pensando que «todos son más fuertes que yo». Ahí, precisamente, es donde el acompañamiento —de padres y entrenadores— resulta insustituible: poniendo objetivos alcanzables, no cifras.
Confiar en el entrenador, incluso cuando duele
La entrevista cierra con una idea que probablemente sea la más difícil de aceptar para cualquier familia: el baloncesto no es democrático. En categorías de formación todos los niños deben jugar, pero no está garantizado que jueguen los mismos minutos que el resto. Los minutos, insisten, deben repartirse en función del esfuerzo, del comportamiento y de las ganas de mejorar —nunca del resultado inmediato del partido.
Y ese reparto, muchas veces incómodo, corresponde en exclusiva al entrenador. «Que mi hijo no meta veinte puntos» no es motivo para cuestionar su criterio; el entrenador no es un mago, necesita un proceso. Si en algún momento la confianza en esa figura se rompe, la solución no es imponerse desde la grada, sino, en todo caso, cambiar de entrenador o de equipo —nunca sustituir su rol.
Como resumen final: entrenador, jugador y familia tienen que estar en la misma página. En cuanto una de esas tres piezas falla, empieza el conflicto. Y el mayor perjudicado, siempre, es el niño.
Entrevista realizada el 23 de Junio de 2026 en el Campus JGBasket 2026. Colegio Nueva Castilla. Madrid



