Dedicado a todos aquellos aficionados que como la imaginaria Telerín siguen apasionados a sus equipos y hacen del baloncesto, un hábito sano, con sus miserias y sus grandezas, sus derrotas y sus victorias. Así es el deporte, la vida.

Este año los Telerín no se van de vacaciones. La pasta no les llega. En septiembre lo hablaron: “O seguimos al equipo hasta donde llegue o vamos a la playa, pero todo no puede ser”. Y hubo quórum. Puestos a elegir ganó el baloncesto 4 a 0.

Los Telerín Prokic son una de tantas familias de clase media que viven en Madrid. Ubicados en el Parque de las Avenidas, la educación y el deporte copan su día a día.

Pedro Telerín arribó a la capital a principios de los 70 y se instaló en el popular barrio de Pueblo Nuevo. Manchego de nacimiento, de un lugar de cuyo nombre no logro acordarme, sacó su carrera de Magisterio con la especialidad de Historia Contemporánea. Tras un lento peregrinar por distintos pueblos de la meseta central, acumuló los puntos suficientes para obtener plaza en una escuela de Madrid.

Anna Prokic es croata, de la coqueta costa dálmata. Hija de un diplomático que por la misma época fue asignado como agregado del gobierno de Tito en España, concluyó sus estudios de INEF en la Complutense y pronto comenzó a impartir clases de Educación Física en un colegio. Allí conoció a Pedro. Al principio no le llamó la atención, no era ni guapo ni feo, ni alto ni bajo, pero al poco se enamoró de sus maneras educadas, de su hablar pausado, de su cultura universal y de su delicada sensibilidad. Anna era un bombonazo: alta, delgada, con morfología de saltadora de altura, y unos ojos claros, entre verdes y azules, que quitaban el sentido. Simpática y extremadamente sociable, chocaba por su predisposición para todo y por su lenguaje sin artículos. Amor casi a primera vista. Todo les unía: la cultura (acudían con frecuencia al cine, no se perdían los estrenos teatrales, siempre atentos a las exposiciones, frecuentaban también el Real y el Auditorio), la literatura (Pedro tenía predilección por los escritores en castellano más clásicos – Galdos, Baroja y Delibes -, a los que más adelante incorporó a los cuentistas modernos, el gallego Manuel Rivas y el barcelonés Quim Monzó; mientras que Anna se decantaba por los latinoamericanos García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar, el madrileño Ray Loriga y el estadounidense Paul Auster), los viajes, su pasión por la enseñanza volcada en la formación de los chavales, y el deporte.

El padre de Anna siguió con su periplo por el globo, pero ella ya estaba asentada aquí y se quedó. Había encontrado su lugar en el mundo y la media naranja con la que compartir sus días. Se casó con Pedro, aunque la boda hubo de retrasarse unos días por un accidente deportivo del novio. Un esguince le llevó a subir al altar con una ligera cojera y tuvo que aguantar las chanzas de algunos invitados, que le apodaron como el “novio de la cola de cinc”. Con los ahorros, un poco de ayuda familiar y la convencional hipoteca adquirieron un piso de tres habitaciones en el Parque de las Avenidas. El barrio tenía todo lo que la pareja demandaba: tranquilidad, excelente situación a un paso de Las Ventas (los toros eran la pasión solitaria de Pedro) y del centro de la capital, buenas comunicaciones y cercanía a la escuela. Los primeros años de matrimonio, la pareja decidió disfrutar el uno del otro sin ataduras. Anna acostumbrada a viajar con su padre y a manejarse en cinco idiomas enseñó mundo a Pedro, hasta que se plantearon tener niños. No fue fácil y tardaron en llegar vía tratamiento de fertilidad. Los gemelos Juan y Pablo eran un calco el uno del otro y enseguida se constituyeron en el epicentro de la vida de sus padres. Se criaron sanos y cuando alcanzaron la edad escolar los matricularon en el Menesianos. Sin sobresalir, tenían facilidad para los estudios y el deporte. No les hacía falta romperse los codos para sacar buenas notas y desde pequeños el balón naranja fue su más fiel compañero de juegos. Como el colegio les pillaba al lado de casa, en cuanto tenían un rato se acercaban al patio para tirar a canasta. Los padres vivían despreocupados sabiendo que sus hijos estaban en el colegio entrenando o jugando con el resto de sus amigos.

Si físicamente eran como dos gotas de agua, de buen tamaño (cuando terminaron de crecer ambos medía 1 metro 86 centímetros) y complexión atlética, sus semejanzas terminaban ahí. Su distinta manera de ser la plasmaban en la cancha. Más de una vez Pedro les decía: “A ti Juan, Dios te dio corazón y piernas. A ti Pablo te concedió cabeza y mano”. Y llevaba razón. Ambos ocupaban la posición de alero: Juan era un gran defensor, un líder que aglutinaba a sus compañeros y tenía en las penetraciones su mejor virtud en ataque; Pablo procedía calmado, cerebral, elegante, de tiro fácil y natural, pero poco dado a los esfuerzos atrás. Se llevaban de maravilla. Para alegría de sus padres eran los mejores amigos, y las únicas discusiones que mantenían eran consecuencia de sus distintos caracteres en la vorágine de un partido de baloncesto, pero nada que pasara a mayores. Desde muy chicos sus progenitores les habían inculcado la trascendencia que tenía el deporte en el desarrollo personal: en la convivencia con el resto de los compañeros, en el seguimiento y respeto de las instrucciones de sus entrenadores, en el esfuerzo diario de mejora, en la importancia de competir, en el esfuerzo y reconocimiento en la derrota y en la dignidad tras la victoria. En fin veían en el deporte el mejor espejo en la vida de sus hijos, el entorno más adecuado en el que crecer y desplegar todas sus capacidades.

Anna heredó de su padre la pasión por el baloncesto. Hasta que una lesión destrozó para siempre su rodilla, Zoran Prokic había compartido vestuario en las categorías inferiores del Zadar con el gran Kresimir Cosic, probablemente el primer pivot moderno del continente europeo, que con su inteligencia había revolucionado el juego frente a los mastodónticos y musculosos postes de entonces. Cosic a la fuerza de sus contrarios oponía exquisitos fundamentos individuales, lectura de juego, habilidad en el tiro y movilidad. Con 20 años, “Kreso” decidió ingresar en la universidad mormona norteamericana de Brigham Young para tras graduarse (y rechazar una oferta en el año 1973 de Los Ángeles Lakers) regresar al Zadar y hartarse a ganar títulos con la selección y los distintos equipos en los que jugó (además Brest Liubliana, Synudine Bolonia y Cibona Zagreb). Pese a la lejanía de las canchas, Zoran siguió disfrutando de la amistad de su compañero al que oía, entre perplejo y divertido, relatar con minuciosidad la vida sexual de los mormones. Muchos años después ambos coincidirían en la embajada croata en Estados Unidos.

A Anna se le dio bien el baloncesto y el voleibol, pero la pluralidad de los destinos de su padre, que había quedado viudo muy joven, no la permitió asentarse ni perfeccionar sus dotes deportivas. En 15 años había dado la vuelta al mapamundi y conocido los 5 continentes. Aún así, siempre daba importancia a sus orígenes y picaba a sus hijos con una frase grabada en el viejo pabellón Basketball Jazine de Zadar “Dios creó al hombre y nosotros el baloncesto”. Como Santo Tomás hasta que los gemelos no fueron a comprobarlo in situ en uno de sus viajes a los Balcanes maternos, no dieron fe del hecho.

Anna y Pedro recorrieron la mayoría de los colegios y clubs de Madrid, siguiendo los partidos de fines de semana de sus hijos. A lo más que llegaron éstos fue a un cuarto puesto regional, pero disfrutaron durante su etapa colegial de un ambiente incomparable. Con la entrada en la universidad de los chicos, sus encuentros familiares con el baloncesto se circunscribían a la asistencia esporádica a los partidos del Real Madrid. A su llegada a la urbe, Pedro había sido espectador habitual en la antigua Ciudad Deportiva Blanca. Admiraba especialmente la garra de Vicente Ramos y la puntería milimétrica de Wayne Brabender.

Con el tiempo se distanció un tanto del equipo; según él “la sección perdió parte de la esencia”, pero tras la llegada de Pablo Laso y la vuelta al Palacio de los Deportes de la calle Goya, propuso a Anna y a los chicos sacar el abono de temporada. La idea resultó excelente con un efecto colateral aglutinador hasta entonces impensado: padres e hijos habían encontrado una actividad común en la etapa en la que éstos comienzan a volar por su cuenta. La confección de la plantilla con gente joven y muchos nacionales de talento gustó a todos. La apuesta de Pablo Laso por un baloncesto alegre, dinámico, los terminó de fidelizar. En la primera campaña se quedaron con las ganas de ir a la Copa del Rey de Barcelona, pero no dando muchos visos de éxito decidieron quedarse en tierra y asistir perplejos en la tele a la exhibición blanca en el Palacio de los Deportes de Montjuic con Llull y Carroll como principales estandartes. La Liga se quedó por el camino: en el cuarto partido Xavi Pascual ideó una zona que sorprendió a los blancos y los azulgranas cerraron la serie en el Palau. La desilusión final no quebró el ánimo de los Telerín, que se sentían esperanzados con su equipo para temporadas venideras.

El curso siguiente se animaron a viajar a la Copa en Vitoria: el varapalo frente al eterno rival en cuartos no condujo al desmoronamiento del conjunto como había sucedido con frecuencia en el pasado. El grupo se enganchó al proyecto con fuerza y se presentó en la Final Four de Londres. Los Tererín lo meditaron, pero por ese año con un viaje habían tenido bastante. Otra vez esperaba el Barsa: con sufrimiento se pasó el cruce. El comienzo en la final ante el Olimpiakos desbordó las expectativas en torno al televisor. Hasta 17 puntos de ventaja en el primer cuarto, pero la defensa de los griegos se le hizo bola al Madrid. Spanoulis ajustó la mira tras el descanso y echó por tierra las ilusiones merengues. Otro palo, pero quedaba la Liga con ventaja de campo y mismo rival. El choque de trenes de los dos colosos del baloncesto nacional se presumía de altura y la eliminatoria no defraudó: cada equipo, en su estilo, puso lo suyo para ganar, y finalmente el Madrid, que había llevado el encuentro con solvencia, se hizo con el trofeo pese a la postrera oposición del australiano Joe Ingles y del crack Sarunas Jasikevicius, que portará el gen ganador hasta el día que se retire. El rey de reyes aparece cuando se le espera: así Felipe se corona como MVP. En la grada los Telerín lo festejaban entre abrazos y palmadas emocionados. El título refrendaba una apuesta arriesgada, atrevida, cautivadora y muchos respiraron tranquilos: con la derrota hubieran emergido los resultadistas y con las críticas emergen las dudas y no todas las grandes instituciones conservan la paciencia necesaria para mantener proyectos.

En el año actual se retoca el juego interior. Pretendiendo ganar músculo, intimidación y velocidad para candar la zona se firma al experimentado Bourousis y al novel Mejri. Las victorias reafirman al bloque que se dispone con el entusiasmo de años precedentes y propone un paso más en defensa. El Palacio se llena con asiduidad y en un partido de Euroliga frente al Efes turco (al que se gana de 50), el personal enloquece. Aquello se convierte en un Parque de Atracciones permanente con la afición entregada (como en los viejos tiempos de la Ciudad Deportiva) a un equipo que no regatea esfuerzos ni una pizca de espectáculo. El Chacho y su barba llevan dos años en trance, Rudy cobra crédito como el jugador más completo de Europa y Mirotic paga dividendos a los que creen en su crecimiento exponencial. Los Telerín tienen marcada una primera fecha en febrero. La Copa en Málaga les reserva un emocionante destino. Barsa y Madrid arrasan en las eliminatorias y deparan un epílogo para recordar. Los blancos entran en el minuto final con 7 arriba, pero el Barsa se aferra al partido. Oleson pone por delante a los azulgranas, tras aprovechar una canasta con tiro libre adicional. Quedan 5 segundos por jugar y Sergio Rodríguez que había perdido un balón decisivo atraviesa la cancha defendido por Sada que le aguanta el dribling. Cuando se levanta en suspensión para lanzar, Papanikolau equivoca la solución y sale a la ayuda. Por el rabillo del ojo el canario divisa a un compañero abierto liberado y le pasa el balón. El “increíble” Llull, Llull, Llull, convierte un lanzamiento esquinado pisando la línea de tres puntos. Los Telerín saltan entusiasmados. Con apenas un segundo, el Barsa prepara la jugada para que alguien palmee bajo aro. Tomic toca el balón que no entra de milagro. La locura. Los Telerín que se abrazan jubilosos, reciben el premio a su esfuerzo y fidelidad. Las 6 horas de vuelta en coche se les harán menos pesadas y el madrugón del lunes lo recibirán reconfortados.

Las competiciones avanzan y el Madrid, después de hacer la machada de igualar la desventaja de Moscú e imponerse en Tel Aviv, se despista en Kaunas y cae a la segunda posición en el cruce que nadie quería, el Olympiakos griego. El campeón de Europa lleva la eliminatoria al quinto partido en el Palacio. Partidazo. Spanoulis y los suyos compiten como saben y venden cara su derrota. Reyes y Rudy alumbran el camino hacia la Final Four en medio del manicomio del Palacio.

El Barsa aguarda en Milán en un partido que se presume tenso, largo y ajustado. Los catalanes salen mejor y obtienen una ventaja de 8 puntos de salida surtiendo de a un inconmensurable Tomic. Pero el Madrid reacciona de manos de la segunda unidad con el Chacho y Felipe de referentes y cobra ventaja al descanso. A los 5 minutos de la reanudación el Barsa se desmorona, entra en shock y el Madrid huele la sangre. Run & gun. 38 puntos de diferencia. Vivir para ver. Los Telerín como el resto de los aficionados madridistas se frotan los ojos.

El Maccabi no ha entrado en la final de puntillas (sus 10.000 seguidores hacen mucho ruido), pero sí contra todo pronóstico. Es el único que en cuartos revirtió la ventaja de campo (y nada menos que contra Olimpia Milan) y en semis con 4 abajo y 14 segundos por jugar voltean el partido. Un triple les sitúa a 1 punto. En el saque, CSKA pone el balón en manos de su estandarte, Viktor Khryapa, al que se le resbala la pelota y la pierde. El americano Rice sale como una centella y anota una canasta suicida. Los rusos vuelan hacia el aro contrario y Teodosic encuentra sólo a la figura del equipo, Sonny Weems, que yerra el triple. El triunfo de la fe, del espíritu colectivo frente a las suma de talentos individuales. La fiebre amarilla en el Estado de Israel.

Juan prepara la voz. Siendo un mico tomó la costumbre de radiar los partidos. Le daba igual que fueran chapas, que cromos, que una pachanga con los amigos o que un encuentro que diesen en la tele (a la que el bajaba el volumen). Lo narraba todo. De mayor quería trabajar en la radio como periodista deportivo. Hoy no iba a ser menos, era su primera final de Copa de Europa en directo. A su lado su comentarista técnico predilecto, su hermano Pablo, que hubiera ansiado convertirse en entrenador de baloncesto, y sus padres con la bufanda blanca del Real.

Pedro temía al Maccabi y su alma, su ardor guerrero. Mil una vez había contado a sus hijos las excelencias de Tal Brody, Micki Berkowitz, Motti Aroesti o Doran Jamchy. Pero la historia que más recordaban databa del año 83, cuando el americano Earl Williams saltó a las gradas del viejo Pabellón blanco tras recibir un monedazo y si no es por su compatriota Aucey Perry, que le bajó, hubiera formado un buen desaguisado. Madrid-Maccabi, un clásico. El partido más repetido de la Copa de Europa.

¡Tri tri triple de Rudy! empieza vociferando Juan. Maccabi inicia su ataque alrededor de Schortsanitis. Cuando “Big” Sofo se desfonda, otros toman el relevo: Devin Smith y el eficaz veterano David Blu. El Madrid tarda en entrar y toma la iniciativa con los mejores minutos de Felipe. Alarga su mayor diferencia hasta los 11 puntos, pero Maccabi sigue a lo suyo y en el intermedio un triple sobre la bocina de Blu ajusta a 2 el marcador. Los tiros libres y el rebote ofensivo le agarran al partido. Aún con pírricas ventajas blancas el partido se mueve al dictado hebreo. Los cambios defensivos, las alternativas, las zonas match-up enfangan el talento Real y en muchos ataques se percibe atolondramiento y falta de fluidez en los madrileños que llegan a los últimos segundos de los ataques fuera de sistemas.

Para los hermanos el partido no está para bromas: Juan se deja llevar por la pasión narrativa, Pablo busca antídotos a las trampas de David Blatt. “Hay que asegurar el rebote, apretar atrás, atacar los bloqueos directos, intentar correr, llegar en transición, dividir con el bote, pases extra, paciencia para buscar una buena selección de tiro…”. No se cansa, es un torrente de instrucciones agarrado a los antebrazos de su hermano.

La final se mueve en un hilo. Juan estalla de alegría cuando Darden tira de fundamentos e inteligencia para hacer saltar a los postes macabeos, girarse y alargar la ventaja blanca (67-63). A Hickman le cae el balón en las manos después de una buena defensa de Rudy y un tapón de Mirotic y anota bajo aro. Canasta clave (67-65). Nikola no convierte un lanzamiento a tabla y Rice hace una entrada imposible. Empate a 3 minutos. A los dos encestes siguientes les precede un rebote ofensivo: Tyus y Mirotic. Han pasado otros 60 segundos. El montenegrino cobra protagonismo. Puntea un triple de Hickman, pero el balón llega a Blu sólo debajo de canasta. El Chacho y Mirotic dudan en ataque y finalmente éste lanza forzado en el último segundo y la bola hace la corbata. Definitivamente a Rice le han asignado el disfraz de héroe y le queda que ni pintado. Su extensión inalcanzable parece teñir de amarillo el desenlace. 69-73 a 58 segundos. Rodríguez le saca una falta gratis, anota los libres y sólo han transcurrido 3 segundos. El Madrid cierra filas y Bourousis fuerza un tiro desequilibrado de Hickman. El griego evita la tragedia al atrapar el rechace tras la entrada de Rudy. Con 21 segundos no le tiembla la mano para empatar desde la línea de personal. Slaughter sale para defender a Rice que marra el triple y el palmeo de Tyus tampoco entra. Si no quieres leche, dos tazas. Más madera.

En la prórroga a alguno le va a saltar la patata. El Madrid sólo anota desde el tiro libre y equivoca las situaciones de bloqueo frontal sobre Rice que, tras anotar dos triples sólo, pone en franquicia a los suyos (77-81). Goteo desde la personal: Mirotic estrecha la diferencia (79-81). Los blancos descuidan el 2X2 en un alley opp para Tyus. No llegan las segundas ayudas. El Madrid recurre a los lanzamientos lejanos, pero ya no entran. Los amarillos no vacilan desde el 4,60 y se hacen con su sexto título europeo muy merecidamente.

Juan resopla enrojecido. Está jodido, muy jodido, pero orgulloso de su equipo. No ha podido ser, pero ha caído de pie. Pablo se acerca, le da un beso en la mejilla y le susurra emocionado “Gracias, nadie lo cuenta como tú”. Desde el accidente del año pasado,

Este año los Telerín no se van de vacaciones. La pasta no les llega. En septiembre lo hablaron: “O seguimos al equipo hasta donde llegue o vamos a la playa, pero todo no puede ser”. Y hubo quórum. Puestos a elegir ganó el baloncesto 4 a 0.

Los Telerín Prokic son una de tantas familias de clase media que viven en Madrid. Ubicados en el Parque de las Avenidas, la educación y el deporte copan su día a día.

Pedro Telerín arribó a la capital a principios de los 70 y se instaló en el popular barrio de Pueblo Nuevo. Manchego de nacimiento, de un lugar de cuyo nombre no logro acordarme, sacó su carrera de Magisterio con la especialidad de Historia Contemporánea. Tras un lento peregrinar por distintos pueblos de la meseta central, acumuló los puntos suficientes para obtener plaza en una escuela de Madrid.

Anna Prokic es croata, de la coqueta costa dálmata. Hija de un diplomático que por la misma época fue asignado como agregado del gobierno de Tito en España, concluyó sus estudios de INEF en la Complutense y pronto comenzó a impartir clases de Educación Física en un colegio. Allí conoció a Pedro. Al principio no le llamó la atención, no era ni guapo ni feo, ni alto ni bajo, pero al poco se enamoró de sus maneras educadas, de su hablar pausado, de su cultura universal y de su delicada sensibilidad. Anna era un bombonazo: alta, delgada, con morfología de saltadora de altura, y unos ojos claros, entre verdes y azules, que quitaban el sentido. Simpática y extremadamente sociable, chocaba por su predisposición para todo y por su lenguaje sin artículos. Amor casi a primera vista. Todo les unía: la cultura (acudían con frecuencia al cine, no se perdían los estrenos teatrales, siempre atentos a las exposiciones, frecuentaban también el Real y el Auditorio), la literatura (Pedro tenía predilección por los escritores en castellano más clásicos – Galdos, Baroja y Delibes -, a los que más adelante incorporó a los cuentistas modernos, el gallego Manuel Rivas y el barcelonés Quim Monzó; mientras que Anna se decantaba por los latinoamericanos García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar, el madrileño Ray Loriga y el estadounidense Paul Auster), los viajes, su pasión por la enseñanza volcada en la formación de los chavales, y el deporte.

El padre de Anna siguió con su periplo por el globo, pero ella ya estaba asentada aquí y se quedó. Había encontrado su lugar en el mundo y la media naranja con la que compartir sus días. Se casó con Pedro, aunque la boda hubo de retrasarse unos días por un accidente deportivo del novio. Un esguince le llevó a subir al altar con una ligera cojera y tuvo que aguantar las chanzas de algunos invitados, que le apodaron como el “novio de la cola de cinc”. Con los ahorros, un poco de ayuda familiar y la convencional hipoteca adquirieron un piso de tres habitaciones en el Parque de las Avenidas. El barrio tenía todo lo que la pareja demandaba: tranquilidad, excelente situación a un paso de Las Ventas (los toros eran la pasión solitaria de Pedro) y del centro de la capital, buenas comunicaciones y cercanía a la escuela. Los primeros años de matrimonio, la pareja decidió disfrutar el uno del otro sin ataduras. Anna acostumbrada a viajar con su padre y a manejarse en cinco idiomas enseñó mundo a Pedro, hasta que se plantearon tener niños. No fue fácil y tardaron en llegar vía tratamiento de fertilidad. Los gemelos Juan y Pablo eran un calco el uno del otro y enseguida se constituyeron en el epicentro de la vida de sus padres. Se criaron sanos y cuando alcanzaron la edad escolar los matricularon en el Menesianos. Sin sobresalir, tenían facilidad para los estudios y el deporte. No les hacía falta romperse los codos para sacar buenas notas y desde pequeños el balón naranja fue su más fiel compañero de juegos. Como el colegio les pillaba al lado de casa, en cuanto tenían un rato se acercaban al patio para tirar a canasta. Los padres vivían despreocupados sabiendo que sus hijos estaban en el colegio entrenando o jugando con el resto de sus amigos.

Si físicamente eran como dos gotas de agua, de buen tamaño (cuando terminaron de crecer ambos medía 1 metro 86 centímetros) y complexión atlética, sus semejanzas terminaban ahí. Su distinta manera de ser la plasmaban en la cancha. Más de una vez Pedro les decía: “A ti Juan, Dios te dio corazón y piernas. A ti Pablo te concedió cabeza y mano”. Y llevaba razón. Ambos ocupaban la posición de alero: Juan era un gran defensor, un líder que aglutinaba a sus compañeros y tenía en las penetraciones su mejor virtud en ataque; Pablo procedía calmado, cerebral, elegante, de tiro fácil y natural, pero poco dado a los esfuerzos atrás. Se llevaban de maravilla. Para alegría de sus padres eran los mejores amigos, y las únicas discusiones que mantenían eran consecuencia de sus distintos caracteres en la vorágine de un partido de baloncesto, pero nada que pasara a mayores. Desde muy chicos sus progenitores les habían inculcado la trascendencia que tenía el deporte en el desarrollo personal: en la convivencia con el resto de los compañeros, en el seguimiento y respeto de las instrucciones de sus entrenadores, en el esfuerzo diario de mejora, en la importancia de competir, en el esfuerzo y reconocimiento en la derrota y en la dignidad tras la victoria. En fin veían en el deporte el mejor espejo en la vida de sus hijos, el entorno más adecuado en el que crecer y desplegar todas sus capacidades.

Anna heredó de su padre la pasión por el baloncesto. Hasta que una lesión destrozó para siempre su rodilla, Zoran Prokic había compartido vestuario en las categorías inferiores del Zadar con el gran Kresimir Cosic, probablemente el primer pivot moderno del continente europeo, que con su inteligencia había revolucionado el juego frente a los mastodónticos y musculosos postes de entonces. Cosic a la fuerza de sus contrarios oponía exquisitos fundamentos individuales, lectura de juego, habilidad en el tiro y movilidad. Con 20 años, “Kreso” decidió ingresar en la universidad mormona norteamericana de Brigham Young para tras graduarse (y rechazar una oferta en el año 1973 de Los Ángeles Lakers) regresar al Zadar y hartarse a ganar títulos con la selección y los distintos equipos en los que jugó (además Brest Liubliana, Synudine Bolonia y Cibona Zagreb). Pese a la lejanía de las canchas, Zoran siguió disfrutando de la amistad de su compañero al que oía, entre perplejo y divertido, relatar con minuciosidad la vida sexual de los mormones. Muchos años después ambos coincidirían en la embajada croata en Estados Unidos.

A Anna se le dio bien el baloncesto y el voleibol, pero la pluralidad de los destinos de su padre, que había quedado viudo muy joven, no la permitió asentarse ni perfeccionar sus dotes deportivas. En 15 años había dado la vuelta al mapamundi y conocido los 5 continentes. Aún así, siempre daba importancia a sus orígenes y picaba a sus hijos con una frase grabada en el viejo pabellón Basketball Jazine de Zadar “Dios creó al hombre y nosotros el baloncesto”. Como Santo Tomás hasta que los gemelos no fueron a comprobarlo in situ en uno de sus viajes a los Balcanes maternos, no dieron fe del hecho.

Anna y Pedro recorrieron la mayoría de los colegios y clubs de Madrid, siguiendo los partidos de fines de semana de sus hijos. A lo más que llegaron éstos fue a un cuarto puesto regional, pero disfrutaron durante su etapa colegial de un ambiente incomparable. Con la entrada en la universidad de los chicos, sus encuentros familiares con el baloncesto se circunscribían a la asistencia esporádica a los partidos del Real Madrid. A su llegada a la urbe, Pedro había sido espectador habitual en la antigua Ciudad Deportiva Blanca. Admiraba especialmente la garra de Vicente Ramos y la puntería milimétrica de Wayne Brabender.

Con el tiempo se distanció un tanto del equipo; según él “la sección perdió parte de la esencia”, pero tras la llegada de Pablo Laso y la vuelta al Palacio de los Deportes de la calle Goya, propuso a Anna y a los chicos sacar el abono de temporada. La idea resultó excelente con un efecto colateral aglutinador hasta entonces impensado: padres e hijos habían encontrado una actividad común en la etapa en la que éstos comienzan a volar por su cuenta. La confección de la plantilla con gente joven y muchos nacionales de talento gustó a todos. La apuesta de Pablo Laso por un baloncesto alegre, dinámico, los terminó de fidelizar. En la primera campaña se quedaron con las ganas de ir a la Copa del Rey de Barcelona, pero no dando muchos visos de éxito decidieron quedarse en tierra y asistir perplejos en la tele a la exhibición blanca en el Palacio de los Deportes de Montjuic con Llull y Carroll como principales estandartes. La Liga se quedó por el camino: en el cuarto partido Xavi Pascual ideó una zona que sorprendió a los blancos y los azulgranas cerraron la serie en el Palau. La desilusión final no quebró el ánimo de los Telerín, que se sentían esperanzados con su equipo para temporadas venideras.

El curso siguiente se animaron a viajar a la Copa en Vitoria: el varapalo frente al eterno rival en cuartos no condujo al desmoronamiento del conjunto como había sucedido con frecuencia en el pasado. El grupo se enganchó al proyecto con fuerza y se presentó en la Final Four de Londres. Los Tererín lo meditaron, pero por ese año con un viaje habían tenido bastante. Otra vez esperaba el Barsa: con sufrimiento se pasó el cruce. El comienzo en la final ante el Olimpiakos desbordó las expectativas en torno al televisor. Hasta 17 puntos de ventaja en el primer cuarto, pero la defensa de los griegos se le hizo bola al Madrid. Spanoulis ajustó la mira tras el descanso y echó por tierra las ilusiones merengues. Otro palo, pero quedaba la Liga con ventaja de campo y mismo rival. El choque de trenes de los dos colosos del baloncesto nacional se presumía de altura y la eliminatoria no defraudó: cada equipo, en su estilo, puso lo suyo para ganar, y finalmente el Madrid, que había llevado el encuentro con solvencia, se hizo con el trofeo pese a la postrera oposición del australiano Joe Ingles y del crack Sarunas Jasikevicius, que portará el gen ganador hasta el día que se retire. El rey de reyes aparece cuando se le espera: así Felipe se corona como MVP. En la grada los Telerín lo festejaban entre abrazos y palmadas emocionados. El título refrendaba una apuesta arriesgada, atrevida, cautivadora y muchos respiraron tranquilos: con la derrota hubieran emergido los resultadistas y con las críticas emergen las dudas y no todas las grandes instituciones conservan la paciencia necesaria para mantener proyectos.

En el año actual se retoca el juego interior. Pretendiendo ganar músculo, intimidación y velocidad para candar la zona se firma al experimentado Bourousis y al novel Mejri. Las victorias reafirman al bloque que se dispone con el entusiasmo de años precedentes y propone un paso más en defensa. El Palacio se llena con asiduidad y en un partido de Euroliga frente al Efes turco (al que se gana de 50), el personal enloquece. Aquello se convierte en un Parque de Atracciones permanente con la afición entregada (como en los viejos tiempos de la Ciudad Deportiva) a un equipo que no regatea esfuerzos ni una pizca de espectáculo. El Chacho y su barba llevan dos años en trance, Rudy cobra crédito como el jugador más completo de Europa y Mirotic paga dividendos a los que creen en su crecimiento exponencial. Los Telerín tienen marcada una primera fecha en febrero. La Copa en Málaga les reserva un emocionante destino. Barsa y Madrid arrasan en las eliminatorias y deparan un epílogo para recordar. Los blancos entran en el minuto final con 7 arriba, pero el Barsa se aferra al partido. Oleson pone por delante a los azulgranas, tras aprovechar una canasta con tiro libre adicional. Quedan 5 segundos por jugar y Sergio Rodríguez que había perdido un balón decisivo atraviesa la cancha defendido por Sada que le aguanta el dribling. Cuando se levanta en suspensión para lanzar, Papanikolau equivoca la solución y sale a la ayuda. Por el rabillo del ojo el canario divisa a un compañero abierto liberado y le pasa el balón. El “increíble” Llull, Llull, Llull, convierte un lanzamiento esquinado pisando la línea de tres puntos. Los Telerín saltan entusiasmados. Con apenas un segundo, el Barsa prepara la jugada para que alguien palmee bajo aro. Tomic toca el balón que no entra de milagro. La locura. Los Telerín que se abrazan jubilosos, reciben el premio a su esfuerzo y fidelidad. Las 6 horas de vuelta en coche se les harán menos pesadas y el madrugón del lunes lo recibirán reconfortados.

Las competiciones avanzan y el Madrid, después de hacer la machada de igualar la desventaja de Moscú e imponerse en Tel Aviv, se despista en Kaunas y cae a la segunda posición en el cruce que nadie quería, el Olympiakos griego. El campeón de Europa lleva la eliminatoria al quinto partido en el Palacio. Partidazo. Spanoulis y los suyos compiten como saben y venden cara su derrota. Reyes y Rudy alumbran el camino hacia la Final Four en medio del manicomio del Palacio.

El Barsa aguarda en Milán en un partido que se presume tenso, largo y ajustado. Los catalanes salen mejor y obtienen una ventaja de 8 puntos de salida surtiendo de balones a un inconmensurable Tomic. Pero el Madrid reacciona de manos de la segunda unidad con el Chacho y Felipe de referentes y cobra ventaja al descanso. A los 5 minutos de la reanudación el Barsa se desmorona, entra en shock y el Madrid huele la sangre. Run & gun. 38 puntos de diferencia. Vivir para ver. Los Telerín como el resto de los aficionados madridistas se frotan los ojos.

El Maccabi no ha entrado en la final de puntillas (sus 10.000 seguidores hacen mucho ruido), pero sí contra todo pronóstico. Es el único que en cuartos revirtió la ventaja de campo (y nada menos que contra Olimpia Milan) y en semis con 4 abajo y 14 segundos por jugar voltean el partido. Un triple les sitúa a 1 punto. En el saque, CSKA pone el balón en manos de su estandarte, Viktor Khryapa, al que se le resbala la pelota y la pierde. El americano Rice sale como una centella y anota una canasta suicida. Los rusos vuelan hacia el aro contrario y Teodosic encuentra sólo a la figura del equipo, Sonny Weems, que yerra el triple. El triunfo de la fe, del espíritu colectivo frente a las suma de talentos individuales. La fiebre amarilla en el Estado de Israel.

Juan prepara la voz. Siendo un mico tomó la costumbre de radiar los partidos. Le daba igual que fueran chapas, que cromos, que una pachanga con los amigos o que un encuentro que diesen en la tele (a la que el bajaba el volumen). Lo narraba todo. De mayor quería trabajar en la radio como periodista deportivo. Hoy no iba a ser menos, era su primera final de Copa de Europa en directo. A su lado su comentarista técnico predilecto, su hermano Pablo, que hubiera ansiado convertirse en entrenador de baloncesto, y sus padres con la bufanda blanca del Real.

Pedro temía al Maccabi y su alma, su ardor guerrero. Mil una vez había contado a sus hijos las excelencias de Tal Brody, Micki Berkowitz, Motti Aroesti o Doran Jamchy. Pero la historia que más recordaban databa del año 83, cuando el americano Earl Williams saltó a las gradas del viejo Pabellón blanco tras recibir un monedazo y si no es por su compatriota Aucey Perry, que le bajó, hubiera formado un buen desaguisado. Madrid-Maccabi, un clásico. El partido más repetido de la Copa de Europa.

¡Tri tri triple de Rudy! empieza vociferando Juan. Maccabi inicia su ataque alrededor de Schortsanitis. Cuando “Big” Sofo se desfonda, otros toman el relevo: Devin Smith y el eficaz veterano David Blu. El Madrid tarda en entrar y toma la iniciativa con los mejores minutos de Felipe. Alarga su mayor diferencia hasta los 11 puntos, pero Maccabi sigue a lo suyo y en el intermedio un triple sobre la bocina de Blu ajusta a 2 el marcador. Los tiros libres y el rebote ofensivo le agarran al partido. Aún con pírricas ventajas blancas el partido se mueve al dictado hebreo. Los cambios defensivos, las alternativas, las zonas match-up enfangan el talento Real y en muchos ataques se percibe atolondramiento y falta de fluidez en los madrileños que llegan a los últimos segundos de los ataques fuera de sistemas.

Para los hermanos el partido no está para bromas: Juan se deja llevar por la pasión narrativa, Pablo busca antídotos a las trampas de David Blatt. “Hay que asegurar el rebote, apretar atrás, atacar los bloqueos directos, intentar correr, llegar en transición, dividir con el bote, pases extra, paciencia para buscar una buena selección de tiro…”. No se cansa, es un torrente de instrucciones agarrado a los antebrazos de su hermano.

La final se mueve en un hilo. Juan estalla de alegría cuando Darden tira de fundamentos e inteligencia para hacer saltar a los postes macabeos, girarse y alargar la ventaja blanca (67-63). A Hickman le cae el balón en las manos después de una buena defensa de Rudy y un tapón de Mirotic y anota bajo aro. Canasta clave (67-65). Nikola no convierte un lanzamiento a tabla y Rice hace una entrada imposible. Empate a 3 minutos. A los dos encestes siguientes les precede un rebote ofensivo: Tyus y Mirotic. Han pasado otros 60 segundos. El montenegrino cobra protagonismo. Puntea un triple de Hickman, pero el balón llega a Blu sólo debajo de canasta. El Chacho y Mirotic dudan en ataque y finalmente éste lanza forzado en el último segundo y la bola hace la corbata. Definitivamente a Rice le han asignado el disfraz de héroe y le queda que ni pintado. Su extensión inalcanzable parece teñir de amarillo el desenlace. 69-73 a 58 segundos. Rodríguez le saca una falta gratis, anota los libres y sólo han transcurrido 3 segundos. El Madrid cierra filas y Bourousis fuerza un tiro desequilibrado de Hickman. El griego evita la tragedia al atrapar el rechace tras la entrada de Rudy. Con 21 segundos no le tiembla la mano para empatar desde la línea de personal. Slaughter sale para defender a Rice que marra el triple y el palmeo de Tyus tampoco entra. Si no quieres leche, dos tazas. Más madera.

En la prórroga a alguno le va a saltar la patata. El Madrid sólo anota desde el tiro libre y equivoca las situaciones de bloqueo frontal sobre Rice que, tras anotar dos triples sólo, pone en franquicia a los suyos (77-81). Goteo desde la personal: Mirotic estrecha la diferencia (79-81). Los blancos descuidan el 2X2 en un alley opp para Tyus. No llegan las segundas ayudas. El Madrid recurre a los lanzamientos lejanos, pero ya no entran. Los amarillos no vacilan desde el 4,60 y se hacen con su sexto título europeo muy merecidamente.

Juan resopla enrojecido. Está jodido, muy jodido, pero orgulloso de su equipo. No ha podido ser, pero ha caído de pie. Pablo se acerca, le da un beso en la mejilla y le susurra emocionado “Gracias, nadie lo cuenta como tú”. Desde el accidente del año pasado, los ojos de Juan son los suyos. El maldito árbol que le cayó encima una aciaga mañana de temporal le segó el nervio óptico y le ha dejado a oscuras para siempre.

Después de un rato de duelo, la familia sale pesarosa del pabellón. A su lado, un padre con cara de funeral lleva de la mano a un niño muy pequeño que parece no ser muy consciente de lo que acaba de ocurrir. Ajeno a todo, como si nada el chico empieza a cantar “Como no te voy a querer, como no te voy a querer, como no te voy a querer si me hiciste Campeón de Europa por octava vez…”. Pedro se gira emocionado y le señala: “Ole chaval, ese es el espíritu” y los Telerín, entre palmas, se unen a coro al estribillo. La novena, la gloria se hace esperar, pero el camino tiene apeaderos maravillosos.
Dedicado a todos aquellos aficionados que como la imaginaria familia Telerín siguen apasionados a sus equipos y hacen del baloncesto, un hábito sano, con sus miserias y sus grandezas, sus derrotas y sus victorias. Así es el deporte, la vida.

los ojos de Juan son los suyos. El maldito árbol que le cayó encima una aciaga mañana de temporal le segó el nervio óptico y le ha dejado a oscuras para siempre.

Después de un rato de duelo, la familia sale pesarosa del pabellón. A su lado, un padre con cara de funeral lleva de la mano a un niño muy pequeño que parece no ser muy consciente de lo que acaba de ocurrir. Ajeno a todo, como si nada el chico empieza a cantar “Como no te voy a querer, como no te voy a querer, como no te voy a querer si me hiciste Campeón de Europa por octava vez…”. Pedro se gira emocionado y le señala: “Ole chaval, ese es el espíritu” y los Telerín, entre palmas, se unen a coro al estribillo. La novena, la gloria se hace esperar, pero el camino tiene apeaderos maravillosos.

 

Dedicado a todos aquellos aficionados que como la imaginaria familia Telerín siguen apasionados a sus equipos y hacen del baloncesto, un hábito sano, con sus miserias y sus grandezas, sus derrotas y sus victorias. Así es el deporte, la vida.

 

Por Juan Pablo Bravo. @juanpabravo 
Blog Contraataquede11
Autor colaborador JGBasket

 

Publicado en abril 2014