Dennis Rodman, «El Gusano», es uno de esos personajes que cuanto más se conoce de él, más interesante resulta su vida. Sus excentricidades fuera de la cancha no eclipsaron lo que realmente fue, uno de los mejores reboteadores de la historia de la NBA, logrando durante siete temporadas consecutivas –de la 1991-92 a la 1997-98– liderar la liga en rebotes.

Sus tatuajes, sus continuos cambios de look, sus excesos no han sido más que una coraza para ahuyentar sus miedos y tratar de aparentar una fortaleza que nunca tuvo en su juventud. Pero no siempre fue así, ya que de joven era una persona muy tímida que fue abandonada por su padre a los 3 años y del que no supo nada más hasta que se convirtió en una estrella de la NBA, criándose con sus dos hermanas mayores y su madre en un humilde barrio de Dallas.

Terminado el instituto y con un futuro incierto en el que el baloncesto no era una prioridad, tuvo que aprender a sobrevivir cuando su madre le echó de casa. Durante dos años vivió en la calle, durmiendo en los patios de sus amigos y tratando de ganar dinero lavando coche o recogiendo cartones. En esa etapa, como él mismo reconoce, “podía haber sido traficante o incluso haberme muerto”, pero, en lugar de eso, le dio por coger un balón de baloncesto y machacarse en el gimnasio. Eso le ayudó, aunque su gran impulso lo dio cuando pegó el estirón, con lo que ya no contaba, creciendo casi 30 centímetros con 20 años.

Su historia se puede equiparar a la del gran sueño americano, su nuevo físico le hizo disfrutar de un brevísimo paso por la Cooke County College –actualmente North Central Texas College– a donde había llegado tras verle jugar en pistas callejeras. No le gustó la experiencia y lo dejó, pero su nombre ya había llegado a oídos de Lonn Reisman, reclutador de la Universidad Southeastern Oklahoma State, que sabía de la dificultad de que Rodman se adaptase a cumplir las normas y entrar a formar parte de un equipo, pero aún así apostó por él, dándole una beca, y Dennis aprovechó la oportunidad promediando 25.7 puntos y 15.7 rebotes por partido, lo que le abrió las puertas de la NBA.

Los Pistons le eligieron en el puesto 27 del draft de 1986. Llegaba a un equipo puntero entrenado por un Chuck Daly que le acogió y en el que Rodman encontró la figura paterna que nunca tuvo. Su carácter introvertido e inmadura chocaba con un vestuario veterano que solo tenía un objetivo: ganar el título. Daly siempre le protegió e incluso le aceptó como uno más de su familia, invitándole a su casa en Acción de Gracias o Navidad. Dennis empezaba a madurar y esa madurez se veía reflejada en su juego, centrándose en la faceta defensivo y convirtiéndose en parte fundamental de los dos anillos conquistados por Detroit –gran rival de los Bulls de Jordan– en 1989 y 1990, año este último en el que fue elegido para el All Star y nombrado Jugador Defensivo de la temporada.

Todo parecía ir viento en popa, aunque el equipo se había debilitado mucho, pero la fragilidad anímica de Rodman quedó patente en 1993, la salida el verano anterior de Daly y un duro divorcio tenían al «Gusano» contra las cuerdas a pesar de seguir rindiendo en la pista, pero no era feliz, cayó en una profunda depresión e intentó quitarse la vida con una escopeta en el parking del pabellón de los Pistons, pero no llegó a apretar el gatillo y se quedó dormido, despertándose rodeado de policías. Ahí empezó la mutación de Rodman.

Al final de esa temporada, con el cartel de Bad Boy, fichó por San Antonio y, fuera de la pista, todo cambió, pero dentro seguía siendo ese portento de la naturaleza capaz de coger todos los rebotes. Empezaron los escándalos, los tatuajes, los piercings, los tintes de pelo llamativos, los excesos de alcohol, las prostitutas y las relaciones sentimentales con estrellas como Madonna y, posteriormente, Carmen Electra. Su fama se disparó por todo lo que sucedía en torno a él. Algo que no era bien visto en los Spurs, que trataban de reconducir la situación con multas, pero Rodman ya estaba desbocado. A pesar de ello, sus números avalaban su fichaje y el equipo funcionaba. En su último año, perdieron la final de conferencia ante los futuros campeones, los Rockets, pero eso no fue suficiente para retenerle, se habían cansado de él.

Con 34 años y lastrado por su carácter problemático, nada hacía presagiar el giro que iba a dar su vida. Jordan había vuelto los últimos meses de la temporada 1994-95 y Jerry Krause trataba de volver a confeccionar un equipo ganador. Los conflictos de Michael con Will Perdue le pusieron en el disparadero de salida y se produjo el intercambio con Rodman, al que desde los Bulls confiaban en poder domar gracias al talante de Phil Jackson y la autoridad de Jordan y Pippen. A la vista está que fue un gran acierto.

La gestión de grupos siempre ha sido una de las virtudes más alabadas de Phil Jackson y en este caso, no iba a ser menos. Todavía quedaban heridas por cerrar de aquellos enfrentamientos de finales de los 80 y principios de los 90 entre Bulls y Pistons. La agresión de Rodman a Pippen volvía a la palestra y antes de que firmase por Chicago, Jackson pidió a Dennis que le pidiese perdón a Scottie por aquel incidente, «El Gusano» fue bastante reacio, pero ante la insistencia del entrenador acabó aceptando, haciéndolo, eso sí, a su manera, pero, al fin y al cabo, sirvió para zanjar ese episodio.

En un vestuario en el que el único objetivo era ganar, los jugadores eran lo suficientemente maduros para saber que la mejor versión de Rodman se vería si estaba feliz fuera de las pistas, siendo, sobre todo Phil más laxo con él, permitiéndole algunas escapadas impensables en otros equipos. En su segunda temporada en Chicago, además de hacer sus pinitos como actor con Jean-Claude Van Damme en Double Team, recibió el permiso de Jackson para, durante las finales de la NBA ante los Jazz, pasar una noche en Las Vegas apostando, ya que se aburría en Utah. A los pocos días, levantó el título con los Bulls, demostrando que era el único capaz de ir de juerga y no ver mermado su intensidad y su juego.

La relación fuera de la cancha de Rodman con Jordan y Pippen era prácticamente inexistente, Michael era el líder al que había que obedecer y Dennis lo hacía a su manera. Él sabía que su función era hacer el trabajo sucio, pegarse, recibir insultos y sacar de quicio a sus rivales. Eso sí, era incapaz de acatar las reglas del vestuario. Para evitar enfrentamientos Jackson, por un lado, le multaba mientras que, por otro, le dejaba hacer “casi lo que quisiese”. Llegaba media hora más tarde a los partidos y mientras sus compañeros veían el análisis de los partidos, él se duchaba y se sentaba desnudo en su taquilla con una toalla en la cabeza. Esa era su forma de entrar a los partidos, sin necesidad de tirar, porque los deberes ya los había hecho antes, estudiando a los rivales y su forma de tirar para ver dónde podía caer el rebote. Su secreto para ser el mejor reboteador no estaba solo en su físico y su inteligencia, sino en saber anticiparse y estar en el sitio idóneo en el momento oportuno.

En su última temporada en Chicago y con Pippen ausente por su operación, los Bulls no empezaron bien y sembraron muchas dudas. Rodman estaba más pendiente de pelearse dentro de la pista y eso exasperaba a Jordan. El punto de inflexión llegó cuando Dennis fue expulsado en un partido y dejó solo a Michael. Sabía que se había equivocado y fue a la habitación de Jordan. Esa era su manera de pedir perdón. A partir de ahí, cambió el chip, se puso las pilas y Chicago retomó el vuelo. Volvían a ser imparables. El regreso de Pippen, lejos de ser bueno para el equipo, aisló a Rodman, que se sintió de nuevo apartado. Necesitaba un estímulo y pidió al equipo que le dejasen irse 48 horas a Las Vegas para desconectar. Todos sabían que no era una buena idea, pero le necesitaban para ganar el anillo y Jackson le dio permiso. Jordan se encargó personalmente de que la situación no se desmadrase, cuando vio que ya habían pasado 88 horas y no tenían noticias de él, fue personalmente a buscarle a la habitación. «El Gusano», finalmente, fue clave en ese tercer título consecutivo a pesar de que en las Finales ante Utah, antes del cuarto partido, se perdió una sesión de entrenamiento por participar en un combate de lucha libre con Hulk Hogan. Rodman en estado puro.

Después de haber ganado cinco anillos, con 38 años, fichó, con la temporada ya empezada, por los Lakers de Kobe y O’Neal en la temporada del lockout. Su llegada fue un impulso para el equipo, que logró once victorias consecutivas, pero pronto empezó a aflorar su indisciplina, faltando a los entrenamientos sin aviso y llegando tarde, echándole un pulso al entrenador. Días antes del comienzo de los playoffs y ante su enésima falta de respeto, decidieron cortarle. Su adiós definitivo llegaría un año después cuando fichó por los Dallas Mavericks de un recién llegado Mark Cuban. El excéntrico dueño de los Mavs, que luego se convertiría en uno de sus mejores amigos, vio una oportunidad para impulsar a la franquicia y darle publicidad, pero la apuesta no salió bien, solo jugó doce partidos, en los que recibió seis técnicas y se fue expulsado en dos ocasiones. Eso sí, su capacidad para rebotear seguía intacta, promedió 14.3 rebotes.

Su vida ha sido una auténtica montaña rusa, arruinado por la estafa de su asesora financiera, ha sido criticado por su amistad con Donald Trump y Kim Jong-Un, el líder de Corea del Norte al que ha visitado en más de una ocasión. Más allá de todo esto, queda la figura de un extraordinario defensor y reboteador –promedió 13.1 rebotes a lo largo de su carrera–, que jugó dos All Star, fue elegido dos veces Jugador Defensivo del año y formó parte en siete ocasiones del Mejor Equipo Defensivo de la NBA. Un jugador irrepetible dentro y fuera de la cancha que, en 2011, recibió su merecido reconocimiento, entrando a formar parte del Salón de la Fama.

 

Por Víctor Escandón Prada
Periodista deportivo y entrenador superior de baloncesto
Gabinete técnico JGBasket

Foto: NBA Photo

Publicado el: 5 Jun 2020

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